vista

vista

Páginas

sábado, 31 de mayo de 2014

Los Aezcoanos y su Fuero

Todavía en el siglo XVIII invocaban los pueblos sus fueros y privilegios cuando los suponían vulnerados, lo mismo en tiempo de paz que de guerra. Aézcoa gozaba los de 1159, otorgados por Sancho el Sabio y mejorados por Sancho el Fuerte en 1229.


Para caso de guerra, se determinaba lo que sigue “… E eillos en huest o en cabalgada, que vayan conmigo en goarda de mi persona”. De modo que el rey pagaba su acrisolada fidelidad, concediéndoles el honor de luchar junto a él y de proteger su persona. Claro que el fuero no siempre era aplicable literalmente en todas sus partes y los aezcoanos lo invocaban cuando les convenía. Vamos a ver lo que decían en un memorial a las Cortes de 1702:

“La Valle, tierra y universidad de Aézcoa dice que por los señalados servicios que ha hecho a los señores reyes obtuvo muy singulares privilegios y prerrogativas. Y entre otras mereció su fidelidad el haberle honrado el rey don Sancho con un privilegio confirmado por muchos señores reyes, sus sucesores, y mandando observar por fuero y comprehenderse para su perseverancia en sus juramentos reales en que les concedió el honor y exempción de no poder ser solicitados a salir en hueste fuera de su tierra, si no es en guarda de la real persona, como siempre lo ha executado saliendo en guerra los señores reyes y también los señores virreyes, como sus lugarteniente. Y por estar confinantes con los reynos de Francia, a cualquier movimiento de ha cuidado de guardar su propio puerto, sin necesidad de otras milicias…”

Siendo esto así- continúa el memorial- en los últimos tiempos habían sido molestados repetidamente con diferentes órdenes de virreyes y gobernadores del puerto de Burguete, mandándoles guardar este pasaje, Altobiscar y otros puntos. Ellos, que habían obedecido religiosamente, estaban cansados –venían a decir- de tanta molestia sin mayor motivo, como poner a disposición del citado gobernador unos cuantos hombres armados con motivo de las ferias de Roncesvalles. Pedían en consecuencia los aezcoanos que se declarasen como contrafuero por las Cortes, estas demandas de gente por los gobernadores en tiempo de paz o de guerra.

La materia era delicada y si las autoridades militares se excedían quizás en sus atribuciones, los aezcoanos pecaban un poco de excesivamente localistas; su perímetro defensivo no iba mucho más allá que las fronteras del valle. Su reloj se había parado en los tiempos de la Renconquista o poco menos. Los virreyes, en su calidad de capitanes generales del reino, conocían mejor que nadie la situación militar en cada momento. Los baigorrianos amenazaban estos años la tranquilidad en aquella región y trataban de impedir a los suyos que acudiesen a las ferias de Burguete, por las continuas discordias con los de esta parte del Pirineo. El advenimiento de los Borbones en la persona de Felipe V, debería haber traído al parecer una era de paz con nuestros vecinos de Ultrapuertos, pero ello no contaba siempre para los fronterizos. El hecho de que en 1711 los baigorrianos hubiesen quemado una porción de casas de Burguete y cometido otros desmanes, es una prueba de lo que venimos diciendo. Las razzias y correrías por cuestiones de ganados y montes no se remediaban con los Pactos de Familia.

El privilegio de Sancho el Fuerte fue recordado por los aezcoanos en 1707, en plena Guerra de la Sucesión, cuando las tropas del archiduque amenazaban Navarra desde Aragón. Dos representaciones fueron elevadas, una al virrey y otra a la Diputación. La primera, después de insistir en que su privilegio “está jurado y tiene fuerza de ley” lo que obligaba más a su cumplimiento, continúa así:

“Y porque de poco tiempo a esta parte contra dicho privilegio se han dado algunas órdenes, habiendo recurrido a representar su agravio en las Cortes que se celebraron en esta Ciudad en el año de 1701, por la ley XXI, fol 51, se dispuso que se guarden a dicha tierra y valle los referidos privilegios y exenciones referidas y que todo lo que se hubiese obrado en su perjuicio no se traiga en consecuencia. Y no obstante lo referido y de hallarse exento de gente de guerra, de dar bagajes y alojamiento, con motivo de las tropas auxiliares que de el Señor Rey Cristianísimo han pasado por el puerto de Roncesvalles, el ejército de S.M por la urgencia y por mayor servicio de S.M han contribuido este año con dar más de 500 hombres y bagajes, que desde dicho puerto los conducían y traían hasta la villa de Larrasoaña, y a muchos, más acá. Y además de esto, el alcalde de dicha tierra y valle es también capitán de toda su gente, y con el motivo de estar al pie del Pirineo y muy próximos a los puertos de los valles del Roncal y Salazar, que también son confinantes al Reyno de Aragón, desde que se tuvo la noticia de haberse sublevado, se pusieron los de la dicha tierra en armas y para la defensa de las fronteras…”

Sigue explicando el memorial aezcoano, que últimamente había entrado en el valle el señor Lalanne (monsiur Lalana), castellano de Saint-Jean-Pied-de-Port, con 600 hombres, habiéndoseles facilitado alojamiento y víveres, además de acémilas para el transporte y gastando más de 100 ducados a cuenta del mismo. Por si no fuera bastante, acababa de repartírseles a los aezcoanos 16 soldados, que debían presentarse en Tudela armados, con el fin de incorporarse a la fuerza de 2000 hombres destinada a guardar las fronteras. Ya tenían ellos bastante con defender su suelo amenazado por la parte de Aragón, sin necesidad de sacar a sus hijos afuera. Únicamente se había practicado esto cuando algún tiempo antes formaron tres regimientos y tuvo que poner el valle otros 16 hombres.
Dibujo de Voila Ilustración

Costaba extraordinariamente a estos valles fronterizos, hacerse a la idea de que podrían defender tal vez mejor su propio suelo, poniendo su parte en el esfuerzo común. No se daban cuenta- o lo disimulaban- de que el tiempo pasaba, con la lógica evolución de los sistemas de guerra y estrategia. Una y otra vez seguían aferrándose al viejo uso y citando las fórmulas y preceptos forales, aun dentro del siglo pasado, a pesar de que la guerra de la Convención francesa (1793-1795) puso de relieve la poca eficacia del paisanaje y de las huestes de los valles ante los modernos ejércitos. El heroísmo derrochado por nuestros antepasados no podía detener a tropas bien equilibradas y disciplinadas.

La voz de los aezcoanos no fue atendida sin embargo, alegando la primera autoridad del reino las urgencias del momento, que no toleraban discusiones ni pérdida de tiempo ante el peligro de una frontera abierta al enemigo. Análoga situación expuso el valle del Roncal, lo que no impidió que saliese su gente a liberar Verdún, Ejea, y otros lugares de Aragón. También los salacencos se decidieron a dar algún saltito fuera de su territorio; no había más remedio.

La verdad es que habían pasado cinco siglos desde que Sancho el Fuerte otorgara a los aezcoanos su liberal fuero y que las cosas eran ahora más complicadas. Sin embargo, el hecho de hacerse estas reclamaciones, con tales documentos en la mano, indica que algo perduraba de aquel lejano mundo medieval, tanto de la letra como del contenido.

Extraído de “Rincones de Navarra” de Florencio Idoate


No hay comentarios:

Publicar un comentario