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jueves, 15 de enero de 2015

El viejo espíritu de Navarra

Sobre la cumbre de la sierra más elevada de Navarra, álzase, cual colosal corona, un reducto de ciclópeas rocas envueltas entre nieblas y cubiertas de nieves perpetuas.

Al alborear el día, ellas son las primeras que reflejan la dorada luz del sol, y las últimas se tiñen de púrpura, al ocultarse el astro rey tras los excelsos montes navarros.

La vida parece haberse extinguido en aquellos elevadísimos riscos; las obscuras selvas concluyen en su base; ni arbustos, ni siquiera hierbecillas sombrean sus graníticas masas. Ni las bestias montaraces las hacen resonar con sus aullidos, ni las avecillas con sus alegres cantos: sólo las águilas penetran alguna vez en aquel recinto silencioso; tan silencioso, que los únicos rumores que repercuten sus concavidades son los lamentosos bramidos de los huracanes y el retemblar de las tormentas pirenaicas.

. . .

Jamás ha llegado nadie a penetrar allí. Aquella fortaleza natural emerge de la gigantesca montaña, irguiéndose en su cúspide sobre moles tajadas a pico, de inconmensurable elevación. En la parte más alta, una caverna oculta en su interior un abismo tenebroso, insondable como el destino, y en sus umbrales vela, según se dice, cual perpetuo vigía y único habitante de aquel antro, un anciano encorvado por el peso de los siglos, pero robusto sin embargo, nacido en las profundidades de las selvas de Vasconia, casi al mismo tiempo que ellas; el viejo espíritu de Navarra.

Panorámica extraída de esta bonita entrada sobre los techos de Aezkoa

Según la tradición, aquel ser misterioso reinó en esta tierra apenas fue habitada; su cuerpo parecía haber sido tallado en el granito; decíase que su sangre hervía de continuo, y era su corazón grande e indomable cómo los mares de Cantabria.

Él arrastraba a los combates al pueblo vascón, que con él vencía y se coronaba de gloria, él inspiraba sabios consejos en las asambleas populares, él establecía las costumbres y dictaba las leyes, y con ellas llevaba la paz y la felicidad a los hogares.

Decíase que jamás se humilló su frente sino ante Dios, y que de Dios recibía, amoroso y sumiso, la inspiración y la sabiduría, añadiéndose que mientras el pueblo vascón le escuchase y obedeciera, nadie podría dominarle y sería siempre fuerte, indomable, invencible, honrado y venturoso.

Y así sucedió durante luengos siglos…

Después fue decayendo en las nuevas generaciones la entusiasta adhesión de los primeros tiempos, y el anciano se retiró tristemente a las más escondidas profundidades de las selvas; degeneraron aún los sentimientos de las tribus euskaldunas, y aquél fue huyendo a lo alto de los montes desiertos; extinguiose al fin casi por completo en las moderas generaciones el amor tradicional que hacia él sintieron en siglos pasados, y ya el ser misterioso se refugió en cumbres jamás holladas por el hombre; para ocultar su dolor según algunos, para velar aún cual perpetuo vigía sobre su país amado e ingrato según otros.

… 

Y allí continúa desde entonces, viviendo entre los ventisqueros, en absoluta soledad.


El misterioso solitario que guiara las huestes vascónicas en las homéricas luchas contra los celtas, los romanos y los bárbaros; contra los francos de Karlomán, contra los africanos de Muza, Abderrahmán y Mohamed el Verde, en Pamplona, en Olast, en Muradal y en cien combates más; y les acompañó a Tierra Santa y a Grecia, y enseñó a morir heroicamente a los indomables vencidos de Noáin y de Maya. Vela siempre por Navarra desde su ciclópea fortaleza, que sólo abandonará ya en los supremos momentos que agonice la independencia santa de la patria, para pelear por ella y enardecer los corazones de sus defensores.

Su destino es el destino de esta tierra, y sólo cuando ella perezca morirá.


Y así vive, triste y terrible, silencioso e inmóvil, en absoluta soledad, entre aquellos inaccesibles ventisqueros dónde nunca se posaron plantas humanas.

Cuando la furia de los huracanes arrastra por algunos momentos las blancas nieblas que lo envuelven, descúbresele siempre entre sus jirones, sobre la helada cumbre que, herida por los rayos de la luna, asemeja un alcázar de plata: semioculto por la cabellera y la barba, blanquísimas y luengas, que sacude desordenadamente el viento; recostado en los excelsos peñascos que avanzan sobre el abismo, como petrificado y confundido con ellos; apoyada la rugosa y noble frente en ambas manos y mirando inmóvil, sin cesar, a su tierra amada, esperando que sus hijos vuelvan hacia él los corazones y los ojos.

Sólo las águilas de los pueblos vascónicos, desplegando sus enormes alas, se ciernen alguna vez cerca de aquel silencioso recinto; tan silencioso, que los únicos rumores que repercuten sus concavidades son los bramidos roncos del huracán y el retemblar de las tormentas pirenaicas.

¡Sólo las águilas de los montes vascónicos, aquellas que roían las blancas osamentas de los valerosos paladines de Karlomán en los profundos desfiladeros de Roncesvalles!  


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