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sábado, 21 de febrero de 2015

La Canción de Roland (5/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
....
Y el traidor Ganelón se despidió afablemente del rey y de sus nobles y partió hacia el campamento de Carlos. 


5.- El sueño de Carlomagno 


Mientras tanto el emperador Carlos había regresado a sus cuarteles. 


Después de esperar a su mensajero durante varios días dio la orden de ocupar la ciudad de Gulina

El conde Roldán fue el encargado de cumplimentar la orden del emperador. Con los doce pares, con su fiel Oliveros y con un brillante ejército, Roldán sitió la ciudad, que no pudo resistir largo tiempo. La victoria volvía a sonreir al invicto caudillo.

Pero Carlos seguía esperando noticias de Ganelón y por fin éste llegó al campamento franco de regreso de Zaragoza. 

El emperador se había levantado muy de mañana, como tenía por costumbre. 

Oyó la misa y los maitines, y al terminar se quedó de pie ante su tienda sobre la verde hierba. Pensaba en Ganelón y en su embajada, y negros presentimientos embargaban su mente. Junto a él estaban Roldán, que había regresado de su expedición victoriosa, el valiente Oliveros, el duque Naimón y otros esforzados capitanes.

Todos procuraban tranquilizar al rey con animosas palabras.

Por fin llegó Ganelón, el traidor, el felón, y fue recibido con gran contento del rey y de todos los presentes. 

Una vez el emperador le dio venia para hablar empezó a contar lo sucedido:

-Dios os salve, oh noble emperador -dijo-. Debo relataros lo sucedido con toda veracidad. Puedo deciros que os traigo las llaves de Zaragoza. Son vuestras. Además, llevo también conmigo el tesoro del rey Marsil y veinte rehenes en prenda de sus promesas. Están todos bajo vuestro amparo. 
El esforzado rey Marsil dice que si no os entrega el califa como pedíais no le culpéis a él. Yo os digo, o noble Carlos, que con mis propios ojos vi a cuatrocientos hombres en armas, con cota de malla, atado el yelmo y ceñidas las espadas de pomo nielado, acompañando al califa hasta el mar. Estos guerreros y el califa huían por no aceptar la orden del rey Marsil de hacerse cristianos. Navegaron cuatro leguas hasta que la tempestad y el huracán los asaltaron y ahogaron.  
Marsil intentó perseguirles pero fue en vano, sólo encontró cadáveres. No es culpa suya si no ha podido cumplir con lo que le ordenabais. Os aseguro que si el califa hubiera quedado con vida os lo hubiera traído. Aparte de esto, cumplirá en todo lo demás. Tened por seguro que no pasará un mes sin que os siga al reino de Francia, a Aquisgrán, y acate la ley cristiana. Os obedecerá en todo, señor, y espera que vos le entreguéis la mitad de España en feudo como vasallo leal vuestro. Y la paz reinará en todas las tierras. 

Terminó de hablar el pérfido Ganelón, que había empleado las palabras más convincentes para engañar al emperador y no despertar sospechas. 

El rey quedó convencido después de oir a Ganelón y exclamó satisfecho:

-Doy gracias a Dios por todo, habéis cumplido mis órdenes a la perfección y por ello seréis recompensado. Estoy contento de la decisión del rey Marsil de ser mi vasallo y de hacerse cristiano. Prefiero esta paz a todas las guerras. Ahora podemos regresar a Francia. 

Entre los soldados resonaron mil clarines y en todo el campamento se oyeron las voces de mando que alegraban todos los corazones. Los franceses levantaron el campo y cargaron las acémilas.

Cuando todo estuvo en orden, el gran ejercito de Carlomagno se encaminó a la dulce Francia.

En aquella guerra Carlomagno había dejado asolada a España. Tomó muchos castillos y destruyó muchas ciudades. Pero ahora la guerra había terminado y todos estaban contentos de ellos. 

El emperador y sus hombres cabalgaron, lo hicieron durante todo el día y al llegar el conde Roldán sujetó a su lanza el gonfalón. En lo alto de un otero lo levantó a los cielos. Al ver esta señal los guerreros hicieron alto y prepararon el campamento para descansar. 

Entonces, mientras los franceses se entregaban al descanso por los anchos valles cabalgaban los infieles, puestas las cotas, atado el yelmo, la espada al cinto, el escudo al cuello y aparejada la lanza, dispuestos a romper el pacto que habían hecho con Carlomagno. 




Cabalgaron los infieles hasta llegar a un bosque, allí en un altozano se detuvieron. Eran nada menos que ciatrocientos mil los guerreros que esperaban el alba. Cuatrocientos mil dispuestos a destruir al ejército franco de Carlomagno. ¡Qué pena, señor, que los franceses no supieran nada! ¡Qué pena que se consumara tan vil traición!

Había ya declinado la tarde y se ensombreció la noche. Todos descansaban en el campamento franco. 

Carlos, el poderoso emperador, dormía en su tienda. Y el sueño hizo su aparición.

Soñó que se hallaba en uno de los más grandes puertos de Cize. Carlos tenía en el puño la lanza de fresno y de pronto el conde Ganelón se la arrebató violentamente, de tal forma que las astillas volaron al cielo. 

Pero Carlos seguía durmiendo. No despertaba. 


Después de esta visión, lo asedió otra. Sueña que está en Francia, en Aquisgrán, su capilla. Un jabalí le muerde el brazo derecho. Del lado de las Ardenas, ve llegar un leopardo, que con gran osadía se arroja sobre su cuerpo. Del fondo de la sala surge un lebrel que corre hacia Carlos, galopando y brincando; de una dentellada, parte al primer animal la oreja derecha y entabla feroz combate con el leopardo. Y los franceses dicen: "¡Qué terrible batalla!" ¿Quién de los dos vencerá? Nadie lo sabe.

Carlos duerme, no se ha despertado.

La noche estaba a punto de terminar y se levantaba el alba. Al primer rato de sol despertó el campamento. 

Todos los guerreros se aprestaron para iniciar la marcha. 

El emperador cabalgaba orgulloso al lado de sus barones. Ya no se acordaba de los sueños de la noche anterior. 

-Señores barones -dijo el emperador-, conviene examinar con cuidado los puertos y desfiladeros. Hay que escoger entre vosotros el que mande la retaguardia. Conviene para nuestra seguridad y no debemos fiarnos de nada. 

Al oír las palabras del emperador, el conde Ganelón dijo con respeto e hipocresía:

-Creo que no debemos dudar ni un momento, señor, el hombre indicado para mandar la retaguardia debe ser Roldán, mi hijastro. Es el caudillo más fuerte de todos y el que inspira más confianza. 

Carlos miró severamente a Ganelón.

Recordaba ahora el sueño de la noche anterior durante el cual el conde le había arrebatado su lanza de fresno. Sin embargo, no podía mencionar el hecho pero algo en él le impulsó a decir:

-No me gusta nada vuestra proposición, conde. ¿Es que se os ha metido el demonio en el cuerpo? ¿Qué os pasa? ¿Por qué proponéis a Roldán para tal misión? ¿Quién mandará entonces mi vanguardia si no está Roldán? 

Y respondió Ganelón en tono humilde:

-No os molestéis conmigo, señor. Mi propuesta es en beneficio de vuestra gloria. Sólo Roldán puede mandar la retaguardia, señor. En cambio, de la vanguardia puede encargarse Ogier de Dinamarca. No hallaréis otro mejor que él. Si os ofenden mis palabras, señor, nada he dicho y podéis actuar como os plazca. Soy vuestro más humilde servidor.




El conde Roldán había oído la propuesta de Ganelón. Se irritó en extremo pero habló al rey como debe hacerlo un caballero bien nacido. Así le dijo con voz firme:

-Acepto, señor, la propuesta de mi padrastro, a quien de verdad quiero aunque yo dudo de su afecto hacia mi. El emperador, dueño de Francia, no perderá caballo de silla ni caballo de carga que yo no haya disputado primero con mi espada. Podéis estar seguro de ello señor. 
-No dudo, Roldán, de vuestro valor, sin embargo, no sé...
-Roldán es el hombre más indicado, señor -afirmó Ganelón. 

Entonces Roldán se dio cuenta de la insistencia de su padrastro y se volvió hacia él y le dijo en tono muy irritado:
-¡Sois un truhán! Sois hombre miserable, de raza vil. Habéis querido vengaros de cuando os propuse cómo embajador cerca del rey Marsil. Pero, sin embargo, acepto vuestra proposición. Iré a la retaguardia del ejército pero temáis, yo no dejaré caer el guante como vos hicisteis con el bastón ante el rey Carlos

Ganelón no se atrevió a replicar. Bajó los ojos y permaneció en silencio. 

Roldán se dirigió en tono solemne al emperador y le habló en los siguientes términos:

-Alto emperador, dueño de Francia, acepto mandar la retaguardia. Dadme el guante que tenéis en el puño y nadie podrá decir que lo dejé caer cómo hizo Ganelón con el bastón que recibió con su mano derecha. Estoy dispuesto, noble señor. 

Pero el emperador Carlos estaba cabizbajo. Se atusaba la barba y retorcía su mostacho.

Agachó la cabeza para que nadie le viera llorar. Recordaba el sueño y presentía grandes males antes de llegar a Francia. 

Al ver que el rey no daba muestras de aceptar la petición de Roldán, se acercó al duque Naimón, uno de los mejores vasallos de Carlos.

-Señor, ya lo habéis oído. El conde Roldán acepta mandar la retaguardia a pesar de estar furioso contra su padrastro. De todas formas pensemos que quizás sea mejor así. Nadie cómo él para tan prestigiosa misión. Dadle el arco que habéis tendido y determinad quiénes son los que hayan de acompañarle. 

Entonces el rey dio el arco y Roldán lo recibió. Carlos no había tenido más remedio que aceptar. Entonces dijo a Roldán:

-Caballero Roldán, sobrino querido, bien sabéis que he aceptado a regañadientes. Os ofrezco la mitad de mi ejército como retaguardia. No la rechacéis porque tal vez así logremos salvarnos todos. 


Pero el conde Roldán contestó:

-Perdonad, señor. No quiero la mitad del ejército. Dios me confunda si desmiento mi noble linaje, sólo necesito para la retaguardia veinte mil franceses, con ellos me basta para salvar al ejército. Vos podréis cruzar tranquilo los puertos. Nada puede ocurrir mientras yo viva. Os lo prometo.

-Gracias, noble Roldán, por vuestra fidelidad y abnegación. -Repuso el monarca con voz emocionada. 
     
6.- Los doce pares

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