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lunes, 6 de julio de 2015

La Canción de Roland (9/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros


9.- El Combate

Comprendiendo que la batalla era inminente Roldán empezó a prepararse. Impresionaba su fiereza al dar las órdenes. Parecía como el león o el leopardo dispuesto a lanzarse sobre su víctima. Llamó a sus capitanes y en presencia de Oliveros su amigo, les dijo a todos:

-Vamos a luchar, amigos y compañeros. El emperador nos dejó a veinte mil de sus hombres porque sabía que ninguno de ellos era cobarde. Nuestros soldados saben que han de soportar grandes penalidades, sufrir calor y frío, y perder sangre y carne.
Que golpeen vuestras lanzas contra el muro enemigo, que yo con mi Durandarte sembraré el terror entre los sarracenos. Si muero, el que recoja mi espada podrá decir con orgullo: <Fue la espada de un noble vasallo que lucho con fe por su rey y su Dios>. Valor, amigos, la gloria de Francia está con nosotros.

Entonces, llegó el arzobispo Turpin y habló a los franceses:
-Carlos nos encargó la retaguardia, señores barones, para que salváramos al ejército. Debemos luchar y morir por nuestro emperador y prestaremos así nuestro apoyo a la Cristianidad. La batalla es inminente, pues con vuestros ojos podéis ver a las huestes sarracenas ansiosas de botín. 
Confesad vuestros pecados y pedid perdón a Dios, yo os absuelvo para curar vuestras almas. Todo el que muera en la batalla irá a la gloria eterna y será bendito por Dios. 

Los franceses echaron pie en tierra y se posternaron. El arzobispo los bendijo en nombre del Señor.


Los franceses se levantaron del suelo, el arzobispo los había absuelto de toda culpa y ahora se encontraban más animosos para el combate. Montaron todos en sus rápidos corceles y esperaron órdenes. Estaban armados como cumple a caballeros y dispuestos para entrar en combate. 

El conde Roldán habló entonces a Oliveros y todos los hombres escucharon sus palabras:

-Tenéis razón, Oliveros, en lo de mi padrastro. Ya no quiero ocultarlo por más tiempo, ni sepultarlo en mi corazón como si fuera ponzoña, Ganelón es un traidor, el rey Marsil le dio gran cantidad de oro. Sólo deseo que el emperador pueda vengarnos. Ha sido una trampa hábilmente preparada, nos compraron como mercancía pero para obtenerla tendrán que enfrentarse a nuestras espadas. 

Roldan y sus tropas no se amilanaron, no eran cobardes los hijos de la dulce Francia. Tenían ante ellos un poderoso ejército que les esperaba en los puertos de España. Ahora sabían que la traición de Ganelón había sido la causa de que aquel ejército estuviera dispuesto en contra suya. Pero Roldán y sus hombre no retrocedieron, a los puertos de España llegó Roldán montado en Vigilante, su rápido corcel. 

Roldán vestía brillante armadura y blandía su espada, la Durandarte, a quien tanto temían los sarracenos. La espada miraba siempre hacia el cielo y al hierro estaba atado un golfalón blanco cuyas franjas le rozaban las manos. Todos sus hombres admiraban su noble apostura y su rostro sereno y alegre. 

Junto a Roldán iba Oliveros, su fiel compañero en cien batallas. Roldán contemplaba al enemigo con aire impaciente de entrar en combate. Luego, en tono humilde y dulce se dirigió a sus hombres y les habló así:

-Despacio, amigos, ahí vienen los infieles en busca de la muerte. Antes de la noche les habremos derrotado por completo y obtenido un bello y rico botín. 

Poco después chocaron los dos ejércitos. 

Oliveros habló a Roldán en tono triste:

-No sé que deciros, Roldán, ha llegado el momento. No puedo olvidar que no quisisteis hacer sonar el olifante, y a causa de ello Carlos no está con nosotros. Si él supiera esto no hubiera vacilado en volar en ayuda nuestra. Ahora nada puede hacerse y nadie merece censura, por tanto, olvidad mis palabras y cabalguemos todos juntos contra esa gente. Manteneos firmes, señores barones, no penséis más que en herir dando golpe por golpe. ¡Por Dios y por Carlos! Y no olvidéis nuestro grito de armas, el de nuestro emperador, que nos ha dado siempre la victoria:

-¡Montjoie! ¡Montjoie

Era un solo grito escapado del pecho de veinte mil hombres, quien lo oía no podía olvidarlo jamás de lo impresionante que era. 

Luego cabalgaron ¡oh señor! con bravura y con prisas, ansiosos de pelea y de sangre. Clavaron las espadas en los ijares de sus caballos para llegar cuanto antes ¿qué podían hacer si no?

Los sarracenos los recibieron sin miedo, se sabían superiores y con la certeza de la victoria. Franceses y sarracenos habían entrado en combate. 

Aelrot, sobrino del rey Marsil, iba en la vanguardia al frente del ejército. Orgulloso y fanfarrón, apostrofaba al enemigo con viles palabras, seguro de la victoria:

-Voy a medirme con vosotros, felones franceses. Vuestro rey os ha abandonado a la suerte más aciaga, él es quien os ha traicionado, él, que debía guardaros. Bien loco estuvo Carlos al dejaros por estos desfiladeros. No podéis escapar de la trampa que os hemos puesto. Y en este día Francia perderá todo su prestigio y Carlos el Grande conocerá la humillación y la derrota.

Cuando Roldán oyó estas palabras experimentó gran aflicción, espoleó su caballo y lo dejó galopar a sus anchas precipitándose como el rayo contra Aelrot que tales cosas había dicho en contra de su Rey y contra Francia. Roldán le partió el escudo al infiel, le desgarró la loriga, le abrió el pecho y le rompió los huesos. Le arrancó todo el espinazo de la espalda y le hundió la lanza en la carne. 



El cuerpo del infiel vaciló y se derrumbó muerto del caballo. Fue tanta la rapidez y el valor de Roldan que Aelrot no tuvo tiempo para pensar en nada.

Y Roldan ante su enemigo muerto dijo:

-No, vil esclavo. Carlos ni es loco ni traidor. Nos dejó en los desfiladeros no para traicionarnos sino para que nos cubriéramos de gloria y salváramos a Francia haciendo morder el polvo de la derrota al rey Marsil, el más grande traidor de España. No perderá prestigio la dulce Francia por esta batalla. ¡Franceses, seguid luchando sin tregua ni descanso! ¡Nuestra es y será la victoria! La razón y la ley estan de nuestra parte y la sinrazón con los felones infieles. 

En el ejército sarraceno había un duque llamado Falsarón, este noble era hermano del rey Marsil y poseía en feudo las tierras de Datán y Abirón. No había un hombre tan perverso como él. Su frente era tan ancha que de ojo a ojo podía medirse medio pie. Cuando vio muerto a su sobrino Aelrot a manos de Roldán montó en terrible cólera. Se destacó de los suyos y cargó contra los franceses a los que injurió con soeces palabras. Mató a muchos y derribó a más. Los franceses retrocedían y el infiel exclamaba satisfecho:

-Seréis derrotados, cristianos, y en ese día perderá su honor la dulce Francia y vuestro Rey morirá de vergüenza.


El valiente Oliveros escuchó sus palabras y se enfureció de sobremanera, adelantándose en busca de Falsarón. Clavó en su corcel las espuelas de oro y asestó al infiel un terrible golpe con la espada. Se quebró el escudo de Falsarón y se desgarró la cota de malla, entonces, Oliveros hundió en la carne del hermano de Marsil los paños del gonfalón. Con la lanza le hizo saltar de la montura y lo derribó en tierra. Allí terminó su vida el infame Falsarón. 

Oliveros le vio caído en tierra y al darse cuenta de que estaba muerto dijo con terrible acento:

-Ahí han quedado tus amenazas, vil traidor. Para que aprendas a conocer el valor de un cristiano que lucha por su ley y por su Dios, ¡fácil será nuestro triunfo, franceses! ¡a ellos! ¡nadie podrá impedir que nuestra sea la victoria!

Y Oliveros lanzó entonces el grito de guerra del rey Carlos, coreado para todos los suyos:

-¡Montjoie! ¡Montjoie! ¡Montjoie! 

En el ejército sarraceno había un rey que se llamaba Corsablín, era de raza berberisca y vino para luchar contra los cristianos porque odiaba a Cristo y a la fe. Corsablín no tuvo miedo al ver morir a Falsarón y gritó a sus hombres:

-No os espante la muerte de alguno de los nuestros, podemos resistir a los franceses aunque tengan a Roldán y a los doce pares, pues Carlos no podrá ayudarlos con el gran ejército, está muy lejos y nada puede hacer. Ataquemos sin tregua a los franceses, pues les ha llegado la hora de la muerte. 

El arzobispo Turpin oyó las palabras de Corsablín y no pudo contenerse, odiaba al infiel por sus bravatas y por su maldad. Clavó en su corcel sus espuelas de oro fino y sin pensarlo dos veces se lanzó contra el sarraceno. El arzobispo partió el escudo del infiel y le hizo jirones la cota de malla. Luego le hundió la lanza en la carne, Corsablín cayó del caballo al suelo. Había muerto en el acto. 

Turpin vio muerto al infiel y no pudo evitar el deseo de decir unas palabras:

-Mentiste, infiel. Mentiste al decir que Carlos, nuestro señor, no podría salvarnos. Nadie podrá vencer a los franceses de alma indomable. Os haremos retroceder para siempre. Somos los más fuertes. ¡Adelante, franceses, que nadie olvide su deber!

Y el arzobispo Turpin lanzó el grito de guerra que era al mismo tiempo aliento y fe en la victoria:

-¡Montjoie! ¡Montjoie!

Y todos repitieron el mismo grito, los franceses quedaron dueños del campo porque los sarracenos huyeron espantados al ver morir a uno de sus jefes más valerosos. 

El noble Garín luchó contra Malprimis de Berbegal. El combate era favorable al cristiano y el escudo del infiel ya no servía para proteger su cuerpo. Garín le rompió la cristalina bloca y la mitad cayó a tierra. El cristiano rompió la cota hasta la carne y hundió en su cuerpo la aguda lanza. 

Entonces el sarraceno cayó derribado al suelo. La lucha seguía encarnizada. Gerer, otro de los paladines de Carlos, se enfrentó con el emir, le partió el escudo y destrozó la mallas de la cota. Hundió en su cuerpo la lanza y el hierro atravesó el cuerpo del infiel y lo derribó sobre el campo.

-¡Hemos triunfado sobre el infiel! -exclamó Gerer.
-¡Grande ha sido la batalla! -dijo Oliveros. 

El duque Sansón no quiso ser menos que sus compañeros y atacó a otro de los jefes sarracenos, destrozó su escudo guarnecido de oro y adornado con florones. Nada pudo hacer la cota que lo protegía, la lanza del duque se hundió en las carnes del sarraceno y lo derribó cadáver.

-¡Buen golpe! -exclamó Oliveros. 




Anseís atacó entonces a Turgis de Tortoles, dispuesto a vencerle. Quebró su escudo, desgarró su doble loriga y hundió en el cuerpo el hierro de su lanza. Tanto la hundió que la punta salió por la espalda. 

Y el bravo Roldán dijo admirado:

-¡Magnífica hazaña! Felicito al valiente que ha dado semejante golpe. 

Animados por sus caudillos los guerreros franceses se superaban en el campo de batalla en un empeño de emulación bélica. Y Engleros, el gascón de Burdeos, acometió a Escremis de Valtierra. Espoleó su caballo y soltó las riendas. El escudo del infiel quedó partido en dos. Rompió las mallas de la cota y la lanza del cristiano hirió el pecho del infiel. Escremis fue derribado del caballo y quedó exánime en el campo de batalla.

-Así moriréis todos - Exclamó el valiente Engleros. 

Roldán y Oliveros seguían animando a sus hombres para que atacaran sin tregua ni descanso. Y los nobles franceses respondían al empeño con sus victoriosas hazañas. Otón se enfrentó con Estercruel, le rompió los paños de la loriga y le hundió la lanza en el cuerpo. 

-¡Nadie podrá salvaros ahora! -dijo Otón. 

Y los hombres de la dulce Francia no se cansaban de matar infieles porque sabían que luchaban por su fe y por Carlos. Aquellos hombres mandados por Roldán, el caballero sin tacha, eran invencibles.

Berenguer hirió a Tamarite y le partió el escudo, le destrozó la cota y atravesó su cuerpo con la lanza. 

Berenguer fue muy valiente porque para realizar su hazaña se había infiltrado entre el ejército enemigo, que nada pudo hacer para salvar a su jefe. 




Los hombres de Roldán habían dado muerte a diez jefes sarracenos de los doce que tenían, sólo vivían dos, Chernublo y el conde Margaris. 

El conde Margaris era valiente y apuesto, fuerte y ágil. No estaba dispuesto a ser derrotado como sus compañeros. Espoleó su caballo y se dirigió al encuentro de Oliveros con ánimo de vencerle y alcanzar con ello inmensa gloria. El choque de los dos paladines fue terrible, el infiel logró quebrar el escudo de Oliveros bajo la bloca de oro puro, luego el conde Margaris atacó con la lanza y esta rozó los costados de Oliveros.

-¡Dios salve a Oliveros! -exclamaron algunos cristianos que contemplaban el combate. 

Pero la lanza del infiel no pudo tocar el cuerpo de Oliveros, el asta se quebró y el cristiano quedó incólume en su montura. Oliveros no manifestaba el menor temor, seguía sonriendo...

El conde Margarís comprendió que había sido en vano su empeño y siguió adelante en otra dirección sin encontrar obstáculo, vio a sus tropas desorganizadas y tocó la trompeta para reunirlas de nuevo para el combate. 

La tarde era maravillosa, se había generalizado un combate por ambas partes y se luchaba sin descanso.

El conde Roldán iba a la cabeza de los suyos y combatía sin protegerse lo más mínimo. Usó la lanza hasta que se le rompió, luego desenvainó la espada, espoleó a su corcel y se lanzó contra Chernublo, que era uno de los caudillos sarracenos que aún no había muerto.

Roldán le partió el yelmo en el que resplandecían dos carbunclos, le desgarró el turbante y el cuero del cráneo. 

Nada pudo hacer Chernublo para evitar la muerte, esta entró en su cuerpo a través de la Durandarte que esgrimía Roldán: la espada invencible que era el terror de los infieles.

Chernublo quedó muerto en el campo de batalla, entonces Roldán exclamó:

-Ahí te quedas, hijo de esclavo, en mal momento viniste a luchar contra nosotros, era imposible que pudieras vencerme. Todos los tuyos acabarán como tú en este mismo campo. 

Y todos los franceses estallaron en gritos de alegría al saber de la gran victoria de Roldán. 

El conde Roldán seguía cabalgando por el campo de batalla animando a los suyos y combatiendo sin tregua ni descanso. Llevaba en alto a Durandarte, la espada que tan bien sabía cortar y partir. Roldán hizo entre los sarracenos una gran carnicería, su espada no daba tregua a nadie, los muertos se amontonaban unos sobre otros y la sangre corría por los charcos. Tenía la cara, los brazos y el caballo manchados de sangre. 

Oliveros tampoco descansaba, lo mismo que los doce pares y el resto de franceses. La batalla era favorable a los cristianos y por todas partes sólo se oían los gritos de muerte y de angustia de los sarracenos y los vitores de los franceses. 

El arzobispo Turpín exclamó alegremente:

-¡Gracias sean dadas a todos! ¡Montjoie!

Y todos los franceses respondieron al grito del arzobispo, porque era el grito de guerra de Carlos su emperador. 

Oliveros seguía cabalgando a través del campo sin darse un momento de reposo, el asta de su lanza estaba rota de tantos golpes y sólo le quedaba un trozo, pero no pensó en ello y siguió atacando a sus enemigos. Llevaba su espada pero no quiso usarla, pues le sobraba aún con el trozo de lanza. 

Ante él tenía a un infiel, Maló, que era un valiente guerrero. Oliveros quebró su escudo cubierto de oro y florones, con el trozo de lanza le golpeó la cabeza y le derribó muerto entre los innumerables cadáveres que yacían en el suelo. 

Oliveros seguía cabalgando sembrando la muerte entre los sarracenos, muchos huían aterrorizados y los que osaban enfrentársele perdían la vida. 

Finalmente al paladín cristiano se le quebró el último trozo de lanza y ya no pudo usarla para combatir, entonces, Roldán, que estaba a su lado, le dijo:

-¿Qué hacéis, buen amigo? ¿Porqué usáis la lanza? En esta batalla hemos de emplear acero. ¿Dónde tenéis guardada la espada, a la que llamáis Altaclara? Usadla, Oliveros, no lo penséis más, estáis indefenso. Bastante habéis hecho ya con vuestro trozo de lanza. 

-Buen Roldán, tenéis razón. El ardor de la pelea me ha hecho perder el tino, ni me dí cuenta de que estaba usando sólo un trozo de lanza, pero tenía tanta prisa... Ahora usaré mi espada. 



El señor Oliveros desenvainó entonces su espada, la Altaclara, como había recomendado su amigo Roldán. Era una espada que en nada desmerecía de la Durandarte. Oliveros demostró que era un gran caballero y sabía manejarla con tanta eficacia como la lanza. Con la espada mató a Justino de Valdeherrero, un valiente sarraceno que osó combatir contra él sin resultado. Oliveros le partió la cabeza por la mitad y el infiel quedó muerto en el prado.

 Roldán, que iba a su lado, contempló la escena y exclamó:

-¡Qué gran victoria, Oliveros! Habéis demostrado ser digno guerrero del emperador, yo os aprecio por esto como si fuerais mi hermano. 

-Gracias, Roldán. No os quema alguna duda, venceremos, somos los mejores y Carlos estará orgulloso de todos nosotros. 

Por todas partes de extremo a extremo del campo sólo se oía un grito de guerra, el del Emperador Carlos, el de la victoria:

-¡Montjoie! ¡Montjoie! 

Iban por el campo de batalla el conde Garín montado en su corcel Sorel y su compañero Gerer, en su caballo Paso de Ciervo, ambos habían prodigios de valor derribando de las monturas a numerosos infieles. Nadie podía decir quién de los dos era más rápido, sus lanzas se quebraban en los cuerpos enemigos y los infieles huían al verlos. 

El arzobispo Turpín mató a Siglorel el hechicero, que con sus sortilegios hacía creer a los suyos que ganarían la batalla. Pero Siglorel nada podría decirles ahora, pues estaba ya en los infiernos. 

-Este infiel estaba ya predestinado -dijo el arzobispo, y Roldán que estaba junto a él replicó:

-Vencido está el hechicero, éstos son los golpes que valen. 

A pesar de todos los actos de valor y heroismo de los cristianos la batalla se volvía más encarnizada. Huían los infieles pero volvían a rehacerse pronto, amparados por la superioridad numérica. Cuanto más hombres caían, más parecían brotar como si fueran infinito número. 

Franceses e infieles se asestaban golpes y más golpes. Atacaban y se defendían sin pensar en el descanso, como si todos tuvieran prisa por acabar cuanto antes.

Astas rotas y ensangrentadas, gonfalones y enseñas caídas y destrozadas, hombres muertos... Nunca más verían a sus madres y esposas ni a los soldados del rey Carlos. 

El emperador llorará sus muertes pero de nada le servirá, mueren los jóvenes franceses y su emperador no puede prestarles ayuda. Nada sabe de sus cuitas ni de su lucha desesperada contra un enemigo superior. Que mal servicio les hizo Ganelón el día que fue a Zaragoza a hablar con el rey Marsil. De él partió esa negra traición que ahora estaban pagando los mejores soldados de la dulce Francia. 

Y la batalla proseguía sin tregua ni descanso, era maravillosa y abrumadora. Luchaban los hombres en grandes masas como ansiando la gloria y la muerte, buscando la decisión de la pelea en un triunfo o una derrota, y entre todos, Roldán y Oliveros destacaban por su furia combativa que no tenía rival. También el arzobispo iba a la zaga y había ya asestado más de mil golpes sin demostrar cansancio. Los doce pares, fieles a su divisa de intachables, seguían a sus paladines y no daban reposo en limpiar sus armas de sangre sarracena. 

Y en esta lucha tan abrumadora para todos, los infieles morían por centenares y millares. Ellos que habían creído que todo sería fácil para sus armas y que podrían derrotar a los cristianos ahora se daban cuenta de su error, un error que el rey Marsil y el traidor Ganelón no habían previsto. Pero ahora ya no podían retroceder. 

Morían pues los infieles, pero también iban cayendo los mejores hombres de la dulce Francia, que ya no verían más sus padres y sus parientes ni a Carlomagno, que los aguardaba en los puertos ajeno a su suerte, porque nada sabía de la traición de Ganelón aunque algo sospechara. 

El terrible combate iba aclarando las filas de los cristianos que, por ser pocos, las pérdidas que experimentaban tenían más importancia que las de los sarracenos. 

En Francia se había levantado una extraña tormenta, era una tempestad cargada de rayos y truenos y viento, de lluvia y granizo. Desde San Miguel del Peligro hasta los Santos, desde Basaçon hasta el puerto de Wisant no hubo casa cuyos muros no se agrietasen. El cielo se oscureció y las tinieblas invadieron la tierra. Todos los que vieron estos fenómenos quedaron aterrados, algunos decían:

-¡Es el fin del mundo! 

Otros, menos timoratos, exclamaban:

-¿Qué ocurrirá, señor? Es una tormenta muy fuerte, en cien años no ha ocurrido algo semejante.

Nadie podía ver a qué se debía, no adivinaban que era un presagio de la próxima muerte de Roldán, el caballero sin tacha, el hombre más valiente de la dulce Francia. 

Los franceses seguían valerosamente y los infieles caían muertos a millares en el campo de batalla. Casi no quedaban hombres en el bando sarraceno y los cristianos podrían considerarse vencedores. 

El arzobispo Turpín le dijo a Roldán:

-Nuestros hombres han demostrado su valor en el campo de batalla, no hubo mejor ejército en el mundo. Quedará escrito en nuestros anales lo que los franceses han hecho en esta gran batalla. El emperador podrá sentirse contento de todos. 

Esto dijo Turpín y Roldán le oyó muy complacido. Todos creían ya que lo peor había pasado y que los sarracenos estaban derrotados. 

Los franceses iban por el campo buscando a los suyos, lloraban de dolor sobre sus amigos y parientes que habían muerto. Mientras los franceses enterraban a sus muertos el rey Marsil con un gran ejército avanzaba contra ellos. Sus tropas de vanguardia habían sido derrotadas pero ahora con estos refuerzos esperaba el rey sarraceno aniquilar los restos del ejército de Roldán. Los cristianos deberían rendirse o morir. 



El rey Marsil avanzaba con sus tropas por un ancho valle en dirección a Roncesvalles. El monarca sarraceno había logrado formar veinte cuerpos de ejército. Jamás se habían visto tantos hombres armados. 
Con este poderoso ejército esperaba el rey Marsil quebrantar la resistencia de las tropas de Roldán y luego invadir Francia y hacer prisionero a Carlos. Los yelmos de los guerreros sarracenos resplandecían con sus ricas piedras engastadas en oro. Fulguraban los escudos y las bruñidas cotas. Nada menos que siete mil clarines dieron el toque de carga. Era tal el estruendo que se oía a mucha distancia. Los franceses pronto se dieron cuenta de la amenaza que se cernía sobre ellos, pero no por eso menguó su valor. Aquellos valientes no tenían miedo de morir, sabían que su heroísmo no sería estéril, venderían caras sus vidas. Habían destrozado al ejército de Marsil y ahora se preparaban para hacer lo mismo con el que se les avecinaba. 

Roldán estaba rodeado de sus capitanes, todos estaban preparados para defenderse, habló así:

-Amigo Oliveros, hermano mío, se aproxima otro ejército del rey Marsil. El traidor Ganelón tomó bien sus medidas para aniquilarnos a todos, pero esa traición no puede quedar ignorada, el rey Carlos sabrá vengarnos cumplidamente. Hasta ahora hemos vencido a nuestros enemigos a pesar de ser mas numerosos pero ahora la batalla será más áspera y ruda. Somos muchos menos que antes y el enemigo es mayor, jamás hubo otra batalla parecida a esta. No nos desanimemos. Yo pelearé con mi espada Durandarte y vos, Oliveros, con Altaclara, son espadas invencibles, no lo olvidéis, pues han paseado por todos los campos de la cristianidad sin ser nunca derrotadas. Jamás dirán de ellas que fueron vencidas y jamás se oirán canciones de burla. Esta lucha será la última pero nuestra gloria no será empequeñecida por nada de lo que ocurra. 

Todos los capitanes dieron su conformidad a las palabras de Roldán y Oliveros replicó:

- Estoy de acuerdo con vos, buen Roldán, nadie podrá empañar la gloria de los capitanes del rey Carlos, el emperador sabrá vengar la traición de Ganelón. 

Mientras tanto, las tropas del rey Marsil se acercaban, pronto el sarraceno se dio cuenta de lo sucedido, su ejército de vanguardia no había podido derrotar a Roldán y a los suyos. ¿Que había pasado con todas las promesas de sus capitanes de matar a Roldán y a todos los franceses? ¿Cómo habían acabado sus bravatas? Ahora todos habían muerto de mano de los franceses, sus cadáveres estaban tendidos de cara al cielo. Nada quedaba de su poderío. 

El rey Marsil hizo sonar su cuerno y sus bocinas y galopó con el grueso de su ejército. 

10.- Los últimos combates

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