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lunes, 20 de julio de 2015

Tres reductos de vida pirenaica

Abrimos la revista Euskal Herria número 39 y nos encontramos con varios reportajes para conocer mejor los valles pirenaicos de Aezkoa, Salazar y Roncal. Aquí os dejo con el primero de ellos titulado "Tres reductos de vida pirenaica" para que conozcáis lo que se cuenta de nosotros en los medios. 

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Al este de Orreaga - Roncesvalles, puerta de Europa, la cordillera se eleva con perfiles cada vez más altos y violentos. 

Uno de esos impulsos traza la silueta piramidal del Orhi, primer "dosmil" del Pirineo, montaña mágica, cuajo de temores ancestrales: en aquel territorio los dioses se fabrican la nieve, las tormentas y otros fenómenos igual de misteriosos. Después, una escalera de picos como Kartxela, Lakora o Arlas sube hacia los altares monumentales de Hiru Erregeen Mahaia y Auñamendi - Anie. 

Esta tierra ha mantenido hasta nuestros días el rescoldo de una apasionante cultura montañesa. 

La fotografía central del artículo, la sierra de Abodi según el fotógrafo Patxi Uriz

Estas cumbres constituyen un mundo mineral, reverenciado y temido, sin huella humana. 
En sus límites crecen los pastizales de altura, donde ya aparecen los primeros testimonios -dólmenes y crómlech - de aquellos pastores que apacentaban sus ovejas hace milenios, desempeñando un trabajo que perdura hasta nuestros días. Y también colinda con el país de los bosques: hayedos, robledales y abetales vírgenes, y selvas como la de Irati, un océano forestal abrumador en el que resuenan los ecos de los viejos oficios - madereros, carboneros, almadieros -, las leyendas de Basajaun y los relatos de las andanzas de osos y lobos. 

En el regazo de la cordillera se extienden los valles de Aezkoa, Zaraitzu y Erronkaribar, donde ya se asentaron los habitantes más remotos y donde brotaron los pueblos y monasterios medievales que fueron el germen del Reino de Navarra. Aquellos habitantes extrajeron madera, pastorearon ganado, cultivaron las tierras un poco más amables y construyeron pueblos recios de casonas apretadas para soportar los inviernos. Padecieron guerras, hambrunas y emigraciones, pero han mantenido hasta nuestros días el rescoldo de una apasionante cultura montañesa. 

Porque Aezkoa, Zaraitzu y Erronkaribar ofrecen al visitante un escenario delicioso, plagado de atractivos, pero ese paisaje también guarda oficios, costumbres, fiestas, arquitecturas, dialectos, mitos, danzas: los latidos de una vieja vida pirenaica. 

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