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jueves, 7 de julio de 2016

Ernest Hemingway y las truchas del Irati

Si alguien internacionalizó las fiestas de Navarra ese fue Ernest Hemingway, su libro “the sun also rises” traducido bajo el nombre de “Fiesta” caló muy hondo en un grupo de lectores que quisieron vivir en primera persona lo que su protagonista, Jake Barnes, disfrutó por estas tierras.

La ruta Hemingway por Navarra es un reclamo interesante para el turista lector, en ella se recorren diferentes lugares que visitó el escritor y premio Nobel de Literatura durante sus estancias en tierras Navarras; en esta ruta se incluyen, entre otros lugares, El café Iruña, el hotel La Perla, el Pueblo de Burguete y Aribe, en el valle de Aezkoa.

Con sólo un par de fragmentos en sus libros y dos cartas que envía a su amigo William B Smith Junior, Ernest Hemingway da fama mundial al río Irati que recorre nuestro valle y atrae a este lugar recóndito del mundo a personas aficionadas a la pesca de trucha.

Que el escritor visitó estas tierras y las trasladó a sus libros es algo que todos sabemos pero… ¿alguno de vosotros se ha leído esos libros? Yo desde luego no.. hasta ahora.

Esta entrada es para transcribir lo que pone en el capítulo 11, 12 y 13 de “fiesta” sobre su estancia “novelizada” en el Irati, más adelante, cuando me haga con un ejemplar de “Dangerous Summer” os transcribiré también el capítulo que nos dedica, así como las cartas a su amigo en las que deja constancia de aquellos felices días en nuestro valle y en el vecino pueblo de Auritz – Burguete.

¡Vamos a ello! (no separo los diálogos para que el texto quede más compacto, creo que se entiende perfectamente)



Capítulo 11 de “Fiesta”, por Ernest Hemingway

El terreno era árido, con peñascos clavados por entre la arcilla. No había ni rastro de hierba junto a la carretera. Al mirar hacia atrás, veíamos el paisaje extendido a nuestros pies. A lo lejos, los campos eran unos cuadrados verdes y castaños en las laderas de las colinas, y unas montañas pardas y de formas raras formaban el horizonte. A medida que subíamos el horizonte iba cambiando. El autocar trepaba chirriando penosamente, y vimos aparecer al Sur otras montañas. Luego la carretera llegó a la cima de la colina, se hizo llana y se metió en un bosque. Era un bosque de alcornoques. El sol pasaba a retazos a través del follaje y había ganado que pastaba por entre los árboles. 

Atravesamos el bosque, dimos la vuelta a una elevación de terreno y ante nosotros apareció una llanura verde y ondulada, con oscuras montañas a lo lejos. No eran como las montañas pardas y resecas por el calor que habíamos dejado atrás; eran boscosas y había nubes que bajaban de ellas. La llanura verde se extendía ante nuestros ojos. Estaba cortada por cercas, y el blanco de la carretera aparecía por entre los troncos de una doble hilera de árboles que atravesaban el llano en dirección hacia el Norte.

Al llegar al extremo de la cuesta, divisamos los tejados rojos y las casas blancas de Burguete, desparramadas por el llano; a lo lejos, sobre la primera de las montañas negras, se veía el tejado gris metálico del monasterio de Roncesvalles. —Ahí está Roncesvalles —dije. —¿Dónde? —Allá a lo lejos, donde empiezan las montañas. —Hace frío aquí arriba —dijo Bill. —Es alto —contesté—. Debemos de estar a mil doscientos metros. —Hace un frío terrible.

El autocar volvió a la posición horizontal en la recta carretera que conducía a Burguete.

Pasamos un cruce de carreteras y atravesamos un puente tendido sobre un arroyo. Las casas de Burguete se extendían a uno y otro lado de la carretera; no había calles laterales. Pasamos por delante de la iglesia y del patio de la escuela, y luego el autocar se paró. Bajamos y el chofer nos alargó las maletas y el estuche con las cañas. Apareció un carabinero con su tricornio y sus correas amarillas cruzadas. —¿Qué hay ahí dentro? —preguntó señalando la funda de las cañas. La abrí y se lo mostré. Nos pidió nuestros permisos de pesca. Se los entregué. Miró la fecha y nos hizo seña de que podíamos continuar. —¿Está todo en orden? —pregunté. —Si, por supuesto. Anduvimos calle adelante en dirección a la posada, pasando ante las casas de piedra blanqueadas a la cal, desde cuyas puertas las familias nos observaban.

La mujer gorda que llevaba la posada salió de la cocina y nos estrechó la mano. Se sacó las gafas, las limpió y se las volvió a poner. En la posada hacía frío, y afuera el viento empezaba a soplar. La mujer mandó a una chica arriba con nosotros para que nos enseñara la habitación.

Había dos camas, un palanganero, una cómoda y un gran grabado en acero, enmarcado, de Nuestra Señora de Roncesvalles. El viento azotaba los postigos. La habitación estaba en el lado norte de la posada. Nos lavamos, nos pusimos un jersey y bajamos al comedor. 

El suelo era de piedra, el techo bajo, y el artesonado de madera de roble. Todos los postigos estaban abiertos y hacía tanto frío que se veía el aliento que uno echaba al respirar. —¡Dios mío! —dijo Bill—. No es posible que mañana haga este frío. Con este tiempo yo no voy a vadear un arroyo. Al otro extremo de la habitación, más allá de las mesas de madera, había un piano pequeño; Bill se acercó y empezó a tocar: —Tengo que entrar en calor.

Salí a buscar a la mujer para preguntarle cuánto costaba la habitación y la comida. Ella se puso las manos bajo el delantal y desvió la vista. —Doce pesetas. —¡Cómo! Sólo en Pamplona pagamos eso. No contestó nada; se limitó a sacarse las gafas y a limpiarlas con el delantal. —Es demasiado —dije—. Es lo que nos cobraron en un gran hotel. —Hemos instalado un cuarto de baño. —¿No tiene algo más barato? —En verano, no. Estamos en plena temporada. Éramos las únicas personas que había en la posada. «Bueno —pensé—, es sólo por pocos días.» —¿Va incluido el vino? —Oh, sí. —Bueno —dije—, está bien. Volví junto a Bill. Me echó el aliento para mostrarme el frío que hacía, y siguió tocando.

Me senté a una mesa y miré los cuadros de la pared. Había uno de conejos, muertos; otro de faisanes, también muertos; y un tercero de patos muertos. Todos eran oscuros y parecían ahumados. Había un aparador lleno de botellas de bebidas alcohólicas. Las miré todas. Bill seguía tocando. —¿Qué te parece un ponche de ron caliente? —propuso—. Esto no va a mantenerme en calor indefinidamente. Salí y expliqué a la mujer qué era un ponche de ron y cómo se hacía. A los pocos minutos entró una chica con un jarro de tierra que humeaba. Bill abandonó el piano, se acercó, y bebimos el ponche caliente mientras oíamos el viento. —No hay suficiente ron. Me dirigí al aparador, traje la botella de ron y eché medio vaso en el jarro. —Acción directa —dijo Bill—. Es mejor que seguir la ley. Entró la chica y puso la mesa para la cena. —Sopla un viento infernal aquí arriba —dijo Bill. La chica trajo sopa, una gran fuente de verdura caliente y el vino. Luego nos dieron truchas fritas, una especie de estofado y un gran cuenco lleno de fresas silvestres. No perdimos dinero con el vino; la chica, aunque tímida, a la hora de servírnoslo fue muy amable. La vieja miró una vez hacia dentro y contó las botellas vacías. Después de cenar subimos, fumamos y leímos metidos dentro de la cama para mantenernos calientes. Por la noche me desperté una vez y oí soplar el viento; era una sensación agradable estar calentito y en la cama.



Capítulo 12

Por la mañana, cuando me desperté, fui a la ventana y miré hacia afuera. Había aclarado y no quedaban nubes en las montañas. Bajo la ventana había algunos carros y una vieja diligencia, con un techo de madera resquebrajado y cuarteado por la intemperie. Debía de ser un resto de los tiempos anteriores a los autocares. Una cabra se subió de un brinco sobre uno de los carros y de allí al techo de la diligencia, sacudiendo la cabeza en dirección a las otras cabras que estaban abajo; yo le hice señas con la mano y entonces saltó al suelo.

Como Bill estaba todavía durmiendo, me vestí, me puse los zapatos en el pasillo y bajé. En la planta baja no había nadie que diera señales de vida. Abrí el cerrojo de la puerta y salí. Eran las primeras horas de la mañana, y afuera hacía frío; el sol no había secado aún el rocío que se había depositado cuando amainó el viento.
Inspeccionando en el cobertizo que estaba detrás de la posada, encontré una especie de piqueta y bajé hacia el arroyo a ver si, escarbando, encontraba gusanos que sirvieran de cebo.

El arroyo era claro y poco profundo, pero no parecía prometedor por lo que se refería a las truchas. En la orilla, húmeda y llena de césped, hundí la piqueta en el suelo, de forma que se desprendiera un pedazo de tierra. Al levantarlo, los gusanos que estaban debajo se deslizaron hasta ponerse fuera del alcance de la vista, pero escarbé con cuidado y cogí una buena cantidad. Cavando así en el borde de la tierra húmeda llené dos latas de tabaco vacías con gusanos y les eché tierra encima. Las cabras me miraban mientras cavaba.

Cuando volví a la posada, la mujer estaba en la cocina; le pedí que nos hiciera café y le dije que queríamos un almuerzo. Bill estaba despierto y sentado al borde de la cama. —Te he visto desde la ventana —dijo—, pero no quise estorbarte. ¿Qué hacías? ¿Estabas enterrando tu dinero? —¡Gandul! —¿Trabajando para el bien común? Magnífico. Quiero que hagas eso todas las mañanas. —Vamos, levántate —dije. —¿Qué? ¿Levantarme? Yo nunca me levanto. Se metió en la cama, subiéndose la sábana hasta la barbilla. —Intenta encontrar razones para que me levante.

Seguí buscando los aparejos y los metí todos juntos en su bolsa, como si no oyera nada. —¿No te interesa mi proposición? —preguntó Bill. —Voy a bajar a comer. —¿Comer? ¿Por qué no hablaste de comer? Pensé que querías hacerme levantar sólo para divertirte. ¿Comer? Perfecto. Ahora sí que eres razonable. Ve a coger algunos gusanos más; en seguida estaré abajo. —¡Vete al infierno! —Trabaja para el bien común —dijo Bill mientras se ponía la ropa interior—. Da muestras de ironía y piedad. Cogí la bolsa de los aparejos, las redes y la caja de cañas y salí de la habitación. —¡Eh, vuelve! Asomé la cabeza por la puerta. —¿No vas a manifestar un poco de ironía y piedad? Le saqué la lengua. —Eso no es ironía.

Mientras bajaba, oí cantar a Bill: «Ironía y piedad. Cuando uno siente... ¡Ah, dales ironía, dales piedad! ¡Ah, dales ironía! Cuando sientan... Sólo una pizca de ironía. Sólo una pizca de piedad...» Y así siguió cantando hasta que bajó. La melodía era la de Las campanas repican por mí y por mi novia.

Yo leía un periódico español de hacía una semana: —¿Qué es todo este cuento de ironía y piedad?—¿Qué? ¿No sabes lo de «Ironía y Piedad»? —No. ¿A quién se le ocurrió? —A todos. En Nueva York andan locos con eso. Como con los Fratellinis en otro tiempo.

Entró la muchacha trayendo café y tostadas con mantequilla, o, mejor dicho, pan tostado con mantequilla. —Pregúntale si tiene un poco de mermelada —dijo Bill—. Háblale con ironía. —¿Tiene usted un poco de mermelada? —Eso no es ironía. Me gustaría poder hablar en español.

Bebimos el café en grandes tazones; estaba bueno. La muchacha trajo un plato de vidrio con mermelada de frambuesa. —Gracias. —¡Eh, no es ésa la manera! —dijo Bill—. Di algo con ironía. Haz algún chiste sobre Primo de Rivera. —Puedo preguntar a la chica qué clase de mermelada creen tener en el Rif. —Pobre —dijo Bill—, muy pobre. No puedes con ello. Eso es todo. No comprendes lo que es ironía. No tienes compasión. Di algo compasivo. —Robert Cohn. —No está del todo mal. Eso está mejor. Ahora, ¿por qué es Cohn digno de compasión? Sé irónico.

Se bebió un gran sorbo de café. —¡Al infierno! —repliqué—. Es demasiado temprano. —Así estás tú. ¡Y luego proclamas que quieres ser escritor! Eres sólo un reportero; un reportero expatriado. Tendrías que ser irónico desde el instante en que te levantas de la cama. Tendrías que despertar con la boca llena de compasión. —Continúa —dije—. ¿De quién has sacado estas bobadas? —De todo el mundo. ¿Es que no lees? ¿Es que no ves nunca a nadie? ¿Sabes lo que eres? Un expatriado. ¿Por qué no vives en Nueva York? Entonces sabrías estas cosas. ¿Qué quieres que haga yo?, ¿que venga a contártelas cada año? —Toma más café —dije. —Está bien. El café es bueno para ti. Contiene cafeína. Cafeína, nous voilá!, la cafeína hace subir a un hombre a caballo y bajar a una mujer a la tumba. ¿Sabes cuál es tu problema? Eres un expatriado. Y de la peor especie. ¿No has oído hablar de eso? Nadie que haya abandonado su país ha escrito jamás algo digno de imprimirse, ni siquiera en los periódicos. — Se bebió el café—. Eres un expatriado. Has perdido contacto con la tierra. Te has vuelto preciosista. Los engañosos esquemas de vida europeos te han destruido. Bebes hasta caer muerto. Te obsesionas por el sexo. Pierdes todo el tiempo en lugar de trabajar. ¿Te das cuenta? Eres un expatriado. Vas haraganeando por los cafés. —Da la impresión de ser una vida despampanante —dije—. ¿Cuándo trabajo? —Tú no trabajas. Unos opinan que las mujeres te mantienen; otros, que eres impotente. —No —contesté—; tuve un accidente, eso es todo. —No lo menciones nunca —dijo Bill—. Es una de las cosas de las que no se puede hablar. Es algo que tienes que convertir en un misterio. Como la bicicleta de Henry. Había estado hablando estupendamente, pero al llegar aquí se paró. Me temí que pensara haberme herido con su chanza sobre la impotencia y quise encarrilarle de nuevo. —No era una bicicleta —dije—. Lo que hacía era montar a caballo. —Oí decir que era un triciclo. —Bueno —contesté—, un avión se parece algo a un triciclo. La palanca de elevación se mueve de la misma forma. —Pero uno no pedalea. —No, creo que no —contesté. —Dejemos eso —dijo Bill.—Muy bien. Lo único que hacía era defender el triciclo. —Opino que también él es un buen escritor —dijo Bill—. Y tú eres un tipo estupendo. ¿No te dijo nunca nadie que eras un tipo estupendo? —No soy un tipo estupendo. —Oye. Eres un tipo realmente estupendo, y te aprecio más que a nadie en el mundo. En Nueva York no te podía decir eso; hubiera sido como afirmar que era un marica. Eso fue lo que pasó con la guerra civil. Abraham Lincoln era un marica. Estaba enamorado del general Grant. Y lo mismo Jefferson Davis. Lincoln liberó a los esclavos únicamente a causa de una apuesta. El caso Dred Scott fue provocado por la liga antialcohólica. El sexo lo explica todo. La señora del coronel y Judy O'Grady son lesbianas a pesar de su apariencia honorable. —Calló—. ¿Quieres oír algo más? —Dispara —contesté. —Ya no sé más. Te contaré algo más a la hora del almuerzo. —Mi buen Bill... —dije. —¡Holgazán!




Metimos el almuerzo y dos botellas de vino en la mochila y Bill se la cargó a la espalda. Yo llevaba la caja de las cañas y las redes colgadas al hombro. Nos pusimos en marcha, carretera adelante; luego atravesamos un prado y encontramos un sendero que cruzaba las praderas y se dirigía a los bosques que estaban en la falda de la primera colina. Por el sendero arenoso, atravesamos las praderas, ondulantes y jugosas; la hierba era corta, porque servía de pasto a las ovejas. Las vacas estaban arriba, en las colinas. Oíamos sus cencerros en los bosques. El sendero cruzaba por encima de un arroyo por medio de un tronco descortezado y con un vástago doblegado que servía de barandilla. En el charco poco profundo que se formaba junto al arroyo había renacuajos que moteaban la arena del fondo.

Subimos por una orilla empinada y cruzamos las onduladas praderas. Al mirar hacia atrás, vimos Burguete, con sus blancas casas de tejados rojos y la blanca carretera, por la que avanzaba un camión que levantaba una nube de polvo. Más allá de las praderas, cruzamos otro arroyo más rápido. Un camino arenoso conducía primero al vado y continuaba luego hasta los bosques. El sendero, después de cruzar el arroyo por medio de otro tronco, más abajo del vado, se juntaba con el camino. Entramos en el bosque.

Era un bosque de hayas muy viejas, con raíces que abultaban por encima del suelo, y ramas retorcidas. Anduvimos por el camino trazado por entre los gruesos troncos de las viejas encinas, mientras la luz del sol se filtraba a través de las hojas y formaba tenues manchas en la hierba. Los árboles eran gruesos y el follaje espeso, pero no sombrío. No había maleza, sino sólo hierba suave, verde y tierna, y los grandes árboles grises se hallaban separados con acierto, como si se tratara de un parque. —¡Eso sí que es realmente el campo! —dijo Bill.

Subiendo por una colina, entramos en un espeso bosque. El camino continuaba ascendiendo; a veces se hundía, pero volvía a salir y a empinarse. Durante todo el rato oíamos al ganado que pastaba en los bosques. Al final, el camino desembocó en lo más alto de las colinas. Estábamos en la cima del más alto de todos aquellos montículos boscosos que habíamos visto desde Burguete. Las fresas salvajes crecían en el lado soleado de la loma, en un pequeño claro que había en medio de los árboles.
Más adelante, la carretera salió del bosque y siguió por la cresta de la cadena de colinas. Las que se hallaban ante nosotros no tenían bosques, sino extensos campos de aulaga amarilla. A lo lejos, veíamos los riscos abruptos, que señalaban el curso del río Irati, con sus árboles que formaban manchas negras y sus salientes de piedra gris. —Tenemos que seguir este camino que corre a lo largo de la cadena, cruzar esas colinas, atravesar los bosques que pueblan las más lejanas y bajar al valle del Irati —dije a Bill señalándole el trayecto. —Es una caminata infernal. —Está demasiado lejos para ir, pescar y volver en un mismo día cómodamente.—Cómodamente. ¡Qué palabra más bonita! Tendremos que caminar de una forma endiablada para ir, volver y pescar todavía algo. Era una excursión larga.

El camino era muy hermoso, pero cuando descendimos por el empinado camino que llevaba de las colinas boscosas al valle del río de la Fábrica estábamos cansados. La carretera salió de la sombra de los árboles al ardiente sol. Ante nosotros estaba el valle de un río, y más allá de éste una empinada colina, cubierta por un campo de alforfón. En la ladera de la colina, bajo unos cuantos árboles, se divisaba una casa blanca. Hacía mucho calor. Nos detuvimos bajo unos árboles, junto a un dique que cruzaba el río. Bill dejó apoyada la mochila junto a uno de los árboles; articulamos las cañas, enganchamos los carretes, anudamos los sedales y nos dispusimos a pescar. —¿Estás seguro de que eso contiene truchas? —preguntó Bill. —Está lleno. —Voy a pescar con mosca. ¿Tienes McGintys? —Hay algunos ahí. —¿Vas a pescar con cebo? —Sí. Voy a pescar allí, en la presa. —Bueno, entonces yo cogeré la caja de moscas —dijo Bill sujetando una—. ¿Adonde es preferible que vaya: hacia arriba o hacia abajo? —Hacia abajo. Pero arriba también está lleno. Bill echó a andar orilla abajo. —Coge una lata de gusanos. —No, no quiero ninguna. Si no pican con mosca, agitaré la caña por ahí. Bill estaba abajo, observando la corriente. —Oye —gritó luchando contra el ruido de la presa—. ¿Qué te parece si metiéramos el vino en esa fuente de ahí arriba, junto al camino? —¡Está bien! —grité yo.

Bill agitó la mano y empezó a andar río abajo. En la mochila encontré las dos botellas de vino y las subí hasta la carretera, al lugar en que el agua de un manantial manaba de un tubo de hierro. Encima de la fuente había una tabla; la levanté, apreté bien los tapones de las botellas y las sumergí en el agua. Era tan fría que la mano y la muñeca se me quedaron entumecidas. Volví a colocar la tabla de madera, esperando que nadie encontraría el vino. 

Cogí la caña, que estaba apoyada en un árbol, la lata de cebo y la red y me dirigí a la presa, construida con la finalidad de dar al agua la presión suficiente para arrastrar troncos. 

Las compuertas estaban abiertas; me senté sobre uno de los maderos cuadrados y contemplé el liso mantel formado por el río antes de llegar a los saltos. Al pie de la presa, donde el agua se volvía de color blanco, había bastante profundidad. En el momento en que ponía el cebo, una trucha saltó del agua blanca al interior de la cascada, por la que fue arrastrada. Antes de que terminara de poner el cebo, otra trucha dio un brinco junto a la cascada, describió la misma graciosa curva de la anterior y desapareció en el agua, que se desplomaba con un ruido de trueno.

Puse una plomada de peso respetable y arrojé la caña en el agua blanca, al borde de los maderos de la presa. No noté cómo picaba la primera trucha. Cuando empecé a tirar del hilo, me di cuenta de que tenía una y la saqué del agua que hervía al pie de la cascada. Se debatía hasta el punto de doblar casi la caña en dos. Mientras se balanceaba, la icé hasta arriba de la presa. Era una buena trucha. Le golpeé la cabeza contra el madero, para que cesara de agitarse lo más pronto posible, y la metí dentro de mi bolsa. Mientras la cogía, habían saltado varias truchas junto a la cascada. Tan pronto como puse el cebo y arrojé de nuevo la caña, atrapé otra, que saqué de la misma forma.

En pocos momentos tuve seis, todas más o menos del mismo tamaño. Las saqué y las tendí una al lado de la otra, con las cabezas mirando hacia el mismo lado, y las contemplé. Eran de bonitos colores y estaban tiesas y duras a causa de la frialdad del agua. Como el día era muy caluroso, las abrí, las destripé, les saqué las agallas y todo eso y arrojé los desperdicios al río.


Llevé las truchas a la orilla, las lavé en el agua fría, plácida y pesada al mismo tiempo, que corría arriba de la presa; cogí unos cuantos helechos y los puse dentro de la bolsa, de modo que formaran un lecho encima del cual coloqué tres truchas; luego otra capa de helechos con tres truchas más encima, cubiertas a su vez por helechos. En medio de los helechos, presentaban un bonito aspecto. Ahora la bolsa hacía un buen bulto, y la puse a la sombra de un árbol. En la presa hacía mucho calor; coloqué la lata de gusanos a la sombra, junto a la bolsa, saqué un libro de la mochila y me acomodé bajo el árbol para leer hasta que Bill llegara para el almuerzo. Era poco más de mediodía y no había mucha sombra, pero me senté apoyándome contra el tronco de dos de los árboles que crecían juntos y leí. Era un libro de A. E. W. Masón: estaba leyendo una maravillosa historia acerca de un hombre que, tras quedar helado en los Alpes, se había caído en un glaciar y había desaparecido; su prometida iba a tener que esperar veinticuatro años, ni más ni menos, hasta que su cuerpo apareciera en la morrena, en tanto que el hombre al que amaba aguardaba también; estaban todavía esperando cuando Bill llegó.

 —¿Cogiste alguna? —preguntó. Lo llevaba todo, caña, bolsa y red, en una mano, y estaba sudando. No le había oído acercarse a causa del ruido de la presa. —Seis. ¿Y tú, qué cogiste? Bill se sentó, abrió su bolsa y puso una gran trucha encima de la hierba. Sacó tres más, cada una un poco mayor que la anterior, y las colocó una al lado de otra, a la sombra del árbol. Su cara sudorosa denotaba alegría. —¿Cómo son las tuyas? —Más pequeñas. —Déjamelas ver. —Están empaquetadas. —En serio, ¿cómo son de grandes? —Son todas más o menos del tamaño de la más pequeña de las tuyas. —¿No me estás tomando el pelo? —¡Qué más quisiera yo! —¿Las pescaste todas con gusanos? —Sí. —¡Especie de gandul!

Bill puso las truchas en la bolsa, que dejó abierta, y se dirigió hacia el río haciéndola balancear.

De cintura para abajo estaba todo mojado, y comprendí que había tenido que meterse en el vado. Subí a la carretera y saqué las dos botellas de vino. Estaban frías. Mientras volvía hacia los árboles, la humedad causada por el calor llenaba de perlas su superficie exterior. 

Extendí el almuerzo encima de un periódico, descorché una de las botellas y dejé la otra apoyada a un árbol. Bill se acercó secándose las manos, con la bolsa repleta de helechos. —Vamos a ver qué tal es esa botella —dijo. Sacó el corcho, la inclinó y bebió—. ¡Caray! Eso me hace hasta daño en los ojos. —Déjame probarlo. El vino estaba helado y tenía un sabor ligeramente herrumbroso. —No está del todo mal ese vino —dijo Bill. —El frío lo vuelve mejor —dije. Deshicimos los pequeños paquetes del almuerzo. —Pollo. —Aquí hay huevos duros. —¿Has encontrado sal? —Primero el huevo —dijo Bill—, luego el pollo. Es algo que hasta Bryan vería. —Ha muerto. Lo leí ayer en el periódico. —¡No! ¿Lo dices en serio?—Sí. Bryan ha muerto. Bill dejó a un lado el huevo que estaba pelando. —Señores —dijo mientras sacaba un muslo de pollo de su envoltura de periódico—, invierto el orden. En honor de Bryan. En homenaje al Great Commoner, primero el pollo y luego el huevo. —Me pregunto en qué día creó Dios al pollo. —¿Y cómo vamos nosotros a saberlo? —dijo Bill mientras daba los últimos mordiscos a su muslo de pollo—. No debemos hacernos preguntas. Nuestra estancia en la tierra no dura mucho. Alegrémonos, creamos y demos gracias. —Come un huevo. Bill gesticuló con la pata de pollo en una mano y la botella de vino en la otra. —Alegrémonos con las mercedes que se nos han concedido. Utilicemos las aves de corral, el producto de la viña. ¿Quieres utilizarlo un poco, hermano? —Cuando lo hayas hecho tú, hermano. Bill bebió un largo trago. —Utiliza tú un poco, hermano —dijo alargándome la botella—. No dejemos que la duda haga presa de nosotros, hermano. No fisguemos con nuestros dedos simiescos en los sagrados misterios del gallinero. Aceptemos las cosas con la credulidad que da la fe y digamos simplemente (quiero que tú lo digas conmigo)... ¿Qué vamos a decir, hermano? Y apuntándome con el hueso de pollo prosiguió: —Déjame que te lo diga. Diremos..., yo, por mi parte, estoy orgulloso de decirlo y quiero que tú lo digas conmigo... De rodillas, hermano. Que ningún hombre se avergüence de postrarse de rodillas aquí, en el grandioso marco del aire libre. Acuérdate de que los bosques fueron los primeros templos de Dios. Arrodillémonos y digamos: «No os comáis a esta lady..., podría ser Mencken.» —Anda —dije—, utiliza un poco de esto. Descorchamos la otra botella. —¿Qué te ocurre? —dije—. ¿No te gustaba Bryan? —Adoraba a Bryan —contestó—. Éramos como hermanos. —¿Dónde le conociste? —El, Mencken y yo fuimos juntos al Holy Cross. —Sí, con Frankie Fritsch. —Eso es mentira. Frankie Fritsch fue al Fordham. —Bueno, yo fui al Loyola con el obispo Manning —dije. —Mentira —repuso Bill—, fui yo el que estuvo en el Loyola con el obispo Manning. —Estás completamente borracho. —No será por el vino, ¿eh? —¿Y por qué no? —Es la humedad —dijo Bill—. Deberían acabar con esta maldita humedad. —Toma otro trago. —¿Es todo lo que tenemos? —Sólo las dos botellas. —¿Sabes lo que eres? —dijo Bill mirando con afecto la botella. —No —contesté. —Eres un tipo pagado por la liga contra el alcoholismo. —Fui al Notre Dame con Wayne B. Wheeler. —¡Mentira! —contestó Bill—. Fui yo quien estuvo en el Austin Business College con Wayne B. Wheeler. Era el presidente de su clase. —Bueno —dije yo—, las tabernas tienen que desaparecer.—En eso tienes razón, viejo condiscípulo —dijo Bill—. La taberna tiene que desaparecer; yo me la llevaré conmigo. —Estás trompa. —¿De vino? —De vino. —Bueno, tal vez sí. —¿Quieres hacer la siesta? —Bueno.

Nos tendimos con la cabeza a la sombra y la mirada dirigida hacia la copa de los árboles. —¿Duermes? —No —contestó Bill—. Estaba pensando. Cerré los ojos. Se estaba bien echado en el suelo. —Oye —preguntó Bill—, ¿qué significa este asunto de Brett? —¿Qué quieres decir? —¿Estuviste enamorado de ella alguna vez? —¡Y tanto! —¿Durante cuánto tiempo? —A intervalos, durante un período larguísimo. —¡Diablos! —dijo Bill—. Lo siento, chico. —No te preocupes —contesté—. Ahora me importa un bledo. —¿De veras? —Sí, de veras. Pero desearía con toda mi alma que no habláramos de ello. —¿No te parece mal que te lo haya preguntado? —¿Por qué demonios tendría que parecerme mal? —Voy a dormir —dijo Bill poniéndose un periódico encima de la cara. —Oye, Jake —preguntó—, ¿eres de veras católico? —Técnicamente, sí. —¿Qué significa eso? —No lo sé. —Bueno, ahora voy a dormir —dijo—. No me quites el sueño con tu charla. También yo me dormí.

Cuando desperté, Bill estaba haciendo la mochila. La tarde era ya avanzada y la sombra de los árboles, muy alargada, llegaba hasta encima de la presa. El haber dormido en el suelo me había dejado envarado. —Pero, ¿qué has hecho? ¿Te has despertado? ¿Por qué no te has quedado a pasar la noche aquí? —preguntó Bill, mientras yo me estiraba y me frotaba los ojos—. He tenido un sueño precioso. No recuerdo de qué trataba, pero era precioso. —Yo no creo haber soñado. —Pues deberías soñar —repuso Bill—. Todos nuestros más grandes hombres de negocios han sido soñadores. Fíjate en Ford. Y en el presidente Coolidge, y en Rockefeller, y en Jo Davidson.

Desarticulé mi caña y la de Bill y las puse en su estuche; luego metí los carretes en la bolsa de los aparejos. Bill había hecho la mochila. Metimos dentro de ella una de las bolsas de truchas y yo cargué con la otra. —Bueno —dijo Bill—, ¿lo tenemos todo? —¡Los gusanos! —¡Tus gusanos! Ponlos ahí. Puse la lata de gusanos en una de las bolsas laterales de la mochila, que él llevaba colgada a la espalda. —¿Lo tenemos todo ahora? Eché una ojeada a la hierba, al pie de los olmos. —Sí.

Nos pusimos en marcha camino arriba, por entre los árboles. Había una larga caminata hasta Burguete, y era ya oscuro cuando, bajando a través de los prados, llegamos a la carretera, que seguimos hasta llegar a la posada, por entre las casas de ventanas iluminadas.

Estuvimos en Burguete cinco días y tuvimos buena pesca.

Las noches eran frescas y los días calurosos, pero soplaba siempre la brisa, incluso en las horas más bochornosas. Hacía el calor suficiente para que uno encontrara agradable vadear una corriente fría, pues el sol nos secaba nada más salir y sentarse a la orilla.
Encontramos un arroyo con una hoya lo suficientemente honda para poder nadar en ella. Al atardecer, jugábamos al bridge de tres con un inglés llamado Harris, que había llegado andando desde Saint Jean Pied de Port y se alojaba en la posada para pescar. Era muy agradable y fue dos veces con nosotros al río Irati.

No sabíamos ni una palabra de Robert Cohn, ni tampoco de Brett y Mike.

Capítulo 13

Una mañana, cuando bajé a desayunar, Harris, el inglés, estaba ya a la mesa. Leía el periódico, con la ayuda de unas gafas. Levantó la cabeza y sonrió. —Buenos días —dijo—. Una carta para usted. He pasado por correos y me la dieron junto con las mías. La carta estaba en el sitio que ocupaba yo en la mesa, apoyada en una taza de café. Harris volvía a leer el periódico. Abrí la carta, que había sido reexpedida desde Pamplona y llevaba como fecha San Sebastián, domingo.

“Querido Jake: Llegamos aquí el viernes. Brett se mareó en el tren y tuvimos que traerla aquí para que descansara tres días con unos viejos amigos nuestros. Llegamos al Hotel Montoya de Pamplona el martes, no sé a qué hora. Haz el favor de enviarnos una nota por autocar para decirnos cómo reunimos con vosotros el miércoles. Recuerdos de nuestra parte. Sentimos llegar con retraso, pero es que Brett estaba realmente para el arrastre; el miércoles estará perfectamente; en realidad, ya casi lo está ahora. La conozco bien e intento velar por ella, pero no es nada fácil... Recuerdos a todos los chicos. MICHAEL”

 —¿Qué día de la semana es hoy? —pregunté a Harris. —Me parece que es miércoles. Sí, eso es, miércoles. Es asombroso cómo pierde uno la noción del tiempo aquí en la montaña. —Sí. Hemos estado aquí casi una semana. —Espero que no estarán pensando en marcharse, ¿eh? —Sí. Me temo que nos iremos en el autocar de la tarde. —¡Qué mala jugada! Esperaba que haríamos todos juntos otra visita al Irati. —Tenemos que ir a Pamplona. Hemos de encontrarnos allí con unos amigos. —¡Ya es mala suerte para mí! Hemos pasado buenos momentos juntos aquí en Burguete. —Venga a Pamplona. Allí podemos jugar algunas partidas de bridge y, además, la fiesta que se prepara es algo genial. —Me gustaría. Es muy amable de su parte el invitarme. Pero es mejor que me quede aquí. Ya no tengo mucho tiempo para pescar.—Quiere usted coger esas grandes que hay en el Irati, ¿eh? —Oh, pues creo que sí, ¿sabe? Hay truchas enormes allí. —Me hubiera gustado intentar pescarlas una vez más. —Hágalo. Quédese otro día. Sea buen chico. —No, tenemos que ir a la ciudad, de veras. —¡Qué lástima!

Después del desayuno, estábamos Bill y yo sentados en un banco calentándonos al sol y hablando del asunto, cuando vi a una muchacha que subía por la carretera. Venía del centro del pueblo. Se paró frente a nosotros y sacó un telegrama de un bolso de cuero que le colgaba y se le apoyaba en la falda. —¿Para ustedes? Lo miré. La dirección era: Barnes, Burguete. —Sí, es para nosotros. Me presentó un cuaderno para que firmara y yo le di un par de monedas de propina. El telegrama estaba en castellano: «Vengo jueves. Cohn.» Se lo pasé a Bill. —¿Qué significa la palabra Cohn? —preguntó. —¡Qué asco de telegrama! —dije—. Hubiese podido enviar diez palabras por el mismo precio. «Vengo jueves.» Eso le proporciona a uno información en abundancia, ¿no te parece? —Le proporciona a uno toda la información que a Cohn le interesa dar. —De todas formas, vamos a irnos. No vale la pena tratar de hacer venir a Brett y a Mike aquí para volver a marcharse antes de la fiesta. ¿Vamos a responder? —¿Por qué no? —dijo Bill—. No hay ninguna necesidad de ser mal educado. Fuimos hasta la oficina de correos y pedimos un impreso para telegramas. —¿Qué vamos a decir? —preguntó Bill. —«Llegamos esta noche.» Es suficiente. Pagamos el telegrama y volvimos a la posada. Harris estaba allí. Anduvimos los tres hasta Roncesvalles y recorrimos el monasterio. —Es un sitio interesante —dijo Harris al salir—. Pero, les diré, esa clase de lugares no son lo mío. —Lo mío tampoco —dijo Bill. —De todas formas, es un sitio interesante. No me hubiera gustado marcharme sin verlo. Cada día me hacía el propósito de subir.


—Sea como sea, no es lo mismo que pescar, ¿eh? —dijo Bill. Harris le caía bien. —¡Caramba, no! Estábamos parados frente a la antigua capilla del monasterio. —¿Eso que hay al otro lado del camino no es una taberna? —dijo Harris—. ¿O es que mis ojos me engañan? —Tiene el aspecto de una taberna —dijo Bill. —A mí me parece que lo es —dije yo. —Venga, utilicémosla, pues —dijo Harris.

Había cogido de Bill el verbo utilizar. Nos tomamos una botella de vino cada uno. Harris no nos dejó pagar. En un castellano bastante bueno habló con el tabernero y éste rechazó nuestro dinero. —No saben lo que ha significado para mí encontrarlos a ustedes aquí, chicos. —Hemos pasado juntos unos días estupendos, Harris. Harris estaba ligeramente borracho.

—Realmente, no pueden comprender lo que significa para mí. No me había divertido tanto desde la guerra. —Volveremos a pescar juntos alguna vez. No lo olvide, Harris. —Tenemos que hacerlo. Hemos pasado unos días realmente magníficos. —¿Qué les parece otra botella entre los tres? —Es una idea estupenda —dijo Harris. —Pero ésta corre de mi cuenta, o no nos la bebemos —dijo Bill. —Desearía que me la dejara pagar a mí. Me gusta de veras hacerlo. —Esta vez soy yo el que va a tener ese gusto —contestó Bill. El tabernero trajo la cuarta botella.

Nos habíamos quedado con los mismos vasos. Harris levantó el suyo. —¡Esto sí que se utiliza bien!; se lo digo yo. Bill le dio una palmada en la espalda. —¡El bueno de Harris! —Oigan, mi nombre no es realmente Harris, sino Wilson-Harris, todo junto; con un guión en medio, ¿saben? —Querido Wilson-Harris —dijo Bill—. Le llamamos Harris por el mucho aprecio que le tenemos. —Le digo, Barnes, que no saben ustedes lo que todo esto significa para mí. —Vamos, utilice otro vaso —dije. —Barnes... Realmente, Barnes, ustedes no pueden comprenderlo. Eso es todo. —Beba, Harris.

Hicimos el camino de vuelta de Roncesvalles con Harris entre los dos. Comimos en la posada y Harris nos acompañó al autocar. Nos dio su tarjeta con la dirección de su domicilio en Londres, su club y la dirección de su oficina. Cuando subíamos al autocar, nos entregó un sobre a cada uno. Abrí el mío y encontré dentro una docena de moscas, que el propio Harris había enganchado. Él mismo se enganchaba sus moscas.
—Oiga, Harris... —empecé a decir. —¡Nada, nada! —me cortó él, mientras se apeaba del autocar—. No son moscas de primera categoría, en absoluto. Pero pensé que, si alguna vez pescaban con ellas, se acordarían de los buenos días que habíamos pasado juntos. El autocar arrancó. Harris, parado ante la oficina de correos, nos dijo adiós con la mano.


Cuando entramos en la carretera, se volvió y se dirigió otra vez hacia la posada. 

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