martes, 26 de julio de 2016

La Canción de Roland (20/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión


20.- El Emir Baligán

Siete años hacía que Carlomagno estaba en España y había conquistado numerosos castillos y ciudades. El rey Marsil tuvo miedo y el primer año había enviado mensajeros a Baligán, emir de Babilonia, en demanda de ayuda. Baligán era un hombre viejo, que vivió más que Virgilio y Homero. 
El rey Marsil quería que que el emir fuera a Zaragoza a socorrerle, y en caso de que no lo hiciera renegaría de sus ídolos y se haría cristiano. Pediría la paz a Carlomagno y sería su vasallo. 


Esto pretendía Marsil mucho antes de empezar esta historia. Luego, las circunstancias hicieron variar sus ideas y pensó en traicionar a Carlos valiéndose de Ganelón. El resultado fue la catástrofe de Roncesvalles en la que había muerto lo mejor de su ejército porque el emir estaba lejos y no contestó a sus peticiones, sin embargo, Baligán había preparado a sus fuerzas para ayudar a Marsil. 
Convocó a las gente de sus cuarenta reinos y ordenó preparar una gran armada, que se hizo a la mar desde el puerto de Alejandría. 

El emir de Babilonia había conseguido reunir un formidable ejército de hombres perversos, los infieles bogaban a toda vela y en las puntas de los mástiles y en las altas proas centelleaban numerosos carbunclos y linternas. Tantas luces había que la noche parecía más hermosa que el día. 

Al acercarse a las tierras de España toda la costa se iluminó, la noticia no tardó en ser conocida por el rey Marsil. 

La armada de los infieles no hizo escala en ningún puerto. Dejó atrás Menorca y Mallorca, remontó el Ebro y se preparó para ir a Zaragoza.




Brillaba el sol en lo alto cuando el emir descendió del bajel, junto a él iba Espanelís, y detrás diecisiete reyes; luego seguían los condes y los duques. 


En el medio del campo los esclavos tendieron un tapiz de seda blanca y en él pusieron un torno de marfil. En él se sentó el emir de Babilonia mientras todos los demás permanecían de pie en actitud respetuosa. 

Baligán empezó a hablar y lo hizo en los siguientes términos:

-Valientes caballeros, el rey Carlos de Francia ha declarado la guerra a España y se ha apoderado de muchas ciudades, pero ahora yo iré a atacarle a su país y no descansaré hasta verle muerto o prisionero. 

Y para confirmar sus palabras dio un golpe en su rodilla con el guante derecho. 


Entonces Baligán llamó a dos de sus caballeros, a Clarifán y a Clariano, y les ordenó lo siguiente: 

-Sois los hijos predilectos del rey Maltrayen, ilustre mensajero de mi real familia. A vosotros os ordeno ir a Zaragoza, decidle al rey Marsil que he venido a España para ayudarle en su lucha contra los franceses tal y como me pidió hace tiempo. En prenda de mis palabras y de mis buenos deseos dadle este guante bordado de oro para que se lo ponga en su mano derecha. 
Os doy además este bastón de oro puro y advertirle que ha de venir a mi presencia para convertirse en feudatario mío. Yo, por mi parte, iré a Francia para luchar contra Carlos, y si no me pide gracia postrado a mis pies y no reniega de su dios le quitaré la corona y la vida. 




Todos los infieles que estaban allí dieron claras muestras de aprobación, y el emir Baligan añadió con voz potente:

-¡A caballo! Que uno lleve el guante y otro el bastón.
-Así lo haremos, señor -respondieron los aludidos-

Y Clarifán y clariano cabalgaron hasta llegar a Zaragoza. Cruzaron diez puertos, atravesaron cuatro puentes y recorrieron las calles de la ciudad. 


Clarifán y Clariano, emisarios de Baligán, llegaron por fin a lo alto de la ciudad, donde estaba el palacio del rey Marsil. Allí oyeron un gran ruido. 


Se acercaron hasta la puerta y vieron un grupo de sarracenos que lloraban, gritaban y se entregaban a una gran aflicción, preguntaron qué es lo que pasaba y les respondieron que ya no tenían entre ellos a Mahoma, a Tervagán y a Apolo. 

Y unos a otros se decían entre lamentos: 
-¡Ay, qué desdicha la nuestra! ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Qué va a ser de la ciudad? Nos ha caído una gran desgracia: el conde Roldán cortó la mano derecha del rey Marsil. Perdimos a Jufaret el Rojo y a muchos nobles caballeros. España caerá en poder del emperador de Francia y pronto lo habremos perdido todo. 

Los dos mensajeros echaron pie a tierra en el zaguán. 

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