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lunes, 19 de septiembre de 2016

La Canción de Roland (21/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión
19.- La congoja del Rey Marsil
20.- El Emir Baligan


21.- Marsil recibe ayuda

Clarifán y Clariano dejaron sus corceles bajo un olivo. Dos esclavos sujetaron las riendas. Los mensajeros recogieron sus mantos y subieron a lo más alto del palacio. Allí pidieron venia para ser recibidos.

Cuando entraron en la sala abovedada encontraron a la reina Abraima.

-Que Mahoma, Tervagán y Apolo salven al rey y guarden a la reina.

Este fue su torpe saludo, porque ignoraban la verdad de lo ocurrido, y Abraima contestó en los siguientes términos:

-Insensatas han sido vuestras palabras, oh mensajeros del emir de Babilonia. Estos dioses ya no son nuestros porque nos abandonaron en Roncesvalles. ¿Es que lo ignoráis acaso?, así debe ser porque de lo contrario no podría justificar vuestra conducta. Estos dioses dejaron perecer a todos nuestros caballeros sin mover un solo dedo a su favor. Al rey Marsil, mi esposo, a quien veis aquí, le abandonaron en plena lucha. El poderoso conde Roldán le cortó la mano derecha, fuimos derrotados y ahora Carlos de Francia será amo de este país. ¿Qué será de mí?. Mejor sería morir que soportar tales vergüenzas.

Entonces habló Clariano:

-No habléis así, señora. Hemos venido como mensajeros del emir Baligán, el poderoso rey de Babilonia. Nuestro rey protegerá a Marsil por encima de todo. Lo ha prometido y así será. En prenda de ello le envía su guante derecho y su bastón. No son vanas sus palabras. En el Ebro tenemos cuarenta mil chalanas, lanchas y rápidas galeras, y navíos en número incontable. No temáis nada, señora. El emir es fuerte y poderosos. No se contenta con poco. Irá a Francia en busca de Carlomagno con el propósito de matarle o hacerle prisionero.


Y Abraima contestó:

-El emir de Babilonia nos presta su ayuda, muy bien. Le estamos muy agradecidos. En cuanto a vencer a Carlomagno no hace falta que vaya tan lejos, no le será preciso ir a Francia para matar al emperador o hacerle prisionero. Muy cerca de aquí podrá encontrar al ejército francés, de ahí nuestros lamentos y nuestra desesperación. Hace ya siete años que el emperador se halla en este país, destruyendo ciudades y obteniendo un rico botón. Siete años hace que pedimos ayuda al emir Baligan y hasta ahora no se había dignado a acudir.

-Babilonia está muy lejos, señora –exclamó Clariano.

-Sí, Babilonia está lejos y Carlos está muy cerca. Es audaz y buen guerrero. Decidle al emir que Carlos morirá antes que huir de un campo de batalla. No podrá vencerle. Es hombre que no teme a nadie, creímos nosotros derrotarle en Roncesvalles y a la vista están los resultados. Perdimos a nuestros mejores capitanes, a la flor de nuestros ejércitos. Roldán supo ponerlos en fuga…

-¡Basta ya, mujer! –exclamó el rey Marsil enfurecido.

Y añadió dirigiéndose a los mensajeros:

-Soy el rey Marsil y es conmigo con quien tenéis que hablar. He sido derrotado y la muerte me oprime, pero aún soy el rey. No tengo ni hijo, ni hija, ni heredero que pueda sucederme. Soy el hombre más infortunado de la tierra por culpa de Roldán que en Roncesvalles aplastó mis ejércitos. Tenía un hijo y ayer tarde me lo mataron. 

No importa. Decid al emir que venga a verme, pues yo no puedo moverme de aquí. El emir ha llegado un poco tarde, pero tiene derecho sobre la tierra de España. Decidle que si desea ayudarme le entregaré todas mis tierras en feudo para que las defienda contra los franceses, mis mortales enemigos. En cuanto a Carlos aún puede vencerle si se apresura. Entregadle en mi nombre las llaves de Zaragoza. Si me ayuda podrá ser el dueño de España.

Esto dijo Marsil con voz apagada.

Y los mensajeros respondieron:

-Has hablado bien, señor. El emir Baligán será tu aliado y derrotará a tu enemigo.

Entonces dijo el rey Marsil:

-El emperador Carlos mató a todos mis hombres y devastó mis tierras. Ocupó muchas de mis ciudades y obtuvo un rico botín. Ahora acampa a orillas del Ebro, dispuesto a invadir Zaragoza y a destruirla. Siete leguas le separan de nosotros; yo las he contado. Decidle al emir que me ayude sin perder un momento. Que traiga aquí su ejército y que entable la batalla. ¡Suya es Zaragoza! Aquí os entrego las llaves.

Los dos mensajeros cogieron las llaves, se inclinaron y se alejaron luego para cumplir el mandato del rey de Zaragoza. 

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