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sábado, 7 de enero de 2017

La Canción de Roland (24/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión
19.- La congoja del Rey Marsil
20.- El Emir Baligan
21.- Marsil recibe ayuda
22.- Marsil y Baligán
23.- Roncesvalles


24.- El ejército de Carlomagno

El emperador había dado las órdenes oportunas. Los dos primeros cuerpos del ejército estaban compuestos por franceses. Luego se formó el tercero. Estaba integrado por los vasallos de Baviera en número de veinte mil. Eran todos muy valientes y jamás cederían un palmo de terreno. Carlos los tenía en mucha estima por sus excepcionales cualidades. Al frente de ellos se puso Ogier el danés.

Se habían establecido ya tres cuerpos del ejército. El duque Naimón formó el cuarto con los barones alemanes en número de veinte mil. Tenían buen armamento y excelentes corceles. Eran bravos hasta la temeridad. Jamás huirían del campo de batalla. Germán, duque de Tracia, era su esforzado y valeroso capitán, incapaz de cometer una cobardía. 

El quinto cuerpo del ejército lo formaron el duque Naimón y el conde Jocerán con los normandos. Debían ser unos veinte mil. Disponían de buenos caballos y magníficas armas. Morirían todos antes de rendirse. No hubo jamás mejor gente en el combate. Su jefe era Ricardo el Viejo, muy diestro en la lanza. 

El sexto cuerpo del ejército lo formaron los bretones. Había en él unos treinta mil caballeros, que cabalgaban con marcial apostura, enhiesta la lanza y el gonfalón al viento. Los mandaba Eudes. 

El emperador llamó al conde Nevelón, a Tibaldo de Reims y a Otón y les ordenó:
-Os confío el honor de mandar a estos hombres. ¡Victoria o muerte!. 

El emperador tenía formados seis cuerpos del ejército. Luego ordenó al duque Naimón formar el séptimo. Lo integraron poitevinos y barones de Auvernia en un número de unos cuarenta mil. Poseían excelentes corceles y sus armas eran magníficas. Carlos los bendijo con su mano derecha, Jocerán y Gaucelmo serían sus jefes. 

El duque Naimón formó después el octavo cuerpo con flamencos y barones de Frisia. Eran unos cuarenta mil. Donde ellos estuvieran la lucha no cedería jamás. 

El rey Carlos se alegró extraordinariamente al ver su marcial apostura y exclamó dirigiéndose al duque Naimón:
-Nada tenemos que temer del enemigo. Nuestros hombres sabrán alcanzar la victoria. Reinalte y Aimón de Galacia serían los jefes del octavo cuerpo de ejército. 


Naimón y Jocerán formaron entonces el noveno cuerpo. Eran todos loreneses y borgoñones en número de cincuenta mil. Llevaban buenos corceles y fuertes lanzas de asta corta. Si los árabes presentaban combate no podrían vencerlos. Su jefe sería Terrín, duque de Argonia. 

El décimo cuerpo de ejército lo formaban franceses. Eran unos cien mil, los mejores capitanes de Carlos, de gallarda apostura, fiero aspecto y barbas blancas. 

Todos ellos iban vestidos con cotas y lorigas de doble tejido de mallas y llevaban espadas francesas y españolas. Sus labrados escudos ostentaban diversos emblemas. 

Montaron a caballo y prorrumpieron en gritos de combate: 
-¡Montjoie! ¡Victoria o muerte! ¡Roldán y Roncesvalles! 

Carlomagno iba con ellos. Godofredo de Anjou llevaba el oriflama que había pertenecido a San Pedro y se llamaba por eso Romano. Ahora le llamaban Montjoie. 

El emperador descendió de su caballo, se postró sobre la verde hierba con el rostro pegado a la tierra. Luego volvió su rostro hacia el sol levante y fervorosamente rogó a Dios:
-¡Ayúdame, Padre Santo, tú que todo lo puedes, Dios omnipotente que salvaste a Jonás de la ballena, que perdonaste al rey de Nínive, que libraste a Daniel de los leones; que tu amor nos asista en este día en que vamos a luchar contra los infieles que no creen en ti! Concédeme la victoria, si así te place. 

Cuando terminó su plegaria el rey se levantó del suelo y se santiguó. Luego montó en su rápido corcel, sostenido por Naimón y Jocerán. El emperador tomó su escudo y la aguda lanza, su cuerpo era noble, gentil y de bella prestancia. Su rostro era firme y claro. 

El emperador cabalgaba erguido sobre los estribos. Le seguían todos los franceses anhelantes de victoria. Por todas partes se oían los clarines de los guerreros que anunciaban el inminente combate. Pero el olifante que perteneció a Roldán se oía más alto que todos los clarines, era el presagio de la victoria, porque inflamaba el ánimo de todos los franceses que no olvidaban a Roldán. 

El sonido del olifante impresionó grandemente al emperador que no pudo contener el llanto. Los barones que iban a su lado también se sintieron profundamente afligidos. 

El emperador cabalgaba muy gentilmente. Por encima de la loriga, sobre su pecho, flotaba su barba. Los cien mil franceses cabalgaban también con aire animoso, dispuestos a la lucha. 

El ejército de Carlos cruzó los montes y las alturas rocosas, los profundos valles y los angostos desfiladeros. Salieron pronto de los puertos y de las tierras sin cultivo. Penetraron en la comarca de España y se establecieron en medio de una llanura. 

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