jueves, 23 de marzo de 2017

La Canción de Roland (26/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión
19.- La congoja del Rey Marsil
20.- El Emir Baligan
21.- Marsil recibe ayuda
22.- Marsil y Baligán
23.- Roncesvalles
24.- El ejército de Carlomagno
25.- El ejército de Baligán


26.- Se enfrentan los dos ejércitos



Se enfrentaron los dos ejércitos.


Impresionante era el campo de batalla por las grandes masas de hombres dispuestos a enfrentarse. Jamás hubo ejércitos tan numerosos. Ancha era la llanura y extensa la comarca. Esta circunstancia permitía a los combatientes maniobrar con holgura. Lucían bajo el sol los yelmos de oro cubiertos de pedrería, los escudos y lorigas bordadas y las lanzas y pendones atados a los hierros. Maravillaba la estampa guerrera, porque el dolor y la muerte aún no habían hecho acto de presencia.

Sonaban los clarines sin descanso en uno y otro bando, pero en el campo francés sólo se oía cada vez más claro el olifante que había pertenecido al invicto Roldán, muerto hacía pocos días en Roncesvalles por la traición de Ganelón.

El emir Baligán llamó a su hermano Canabeo, rey de Betulia, cuyas tierras llegaban hasta Valsevré. Cuando éste acudió a su lado, el emir le mostro las huestes de Carlomagno y exclamó con voz firme:

-Ahí está el orgullo de Francia. Su emperador cabalga jactancioso sin saber que va en busca de su propia derrota y muerte. Va detrás con esos viejos que sobre sus lorigas dejan flotar sus barbas blancas como la nieve. No obstante creo que combatirán bien y tendremos una dura y áspera pelea hasta conseguir la victoria. Esta es la más grande batalla que vieron los siglos.

-Bien has hablado, hermano –replicó el rey de Betulia-. Pero nada podrán contra nosotros. Somos muy superiores a ellos en todo. Mahoma y Apolo nos darán la victoria. Su dios nada podrá hacer para salvarles de la muerte y la humillación.

Entonces, Baligán se adelantó a sus tropas y gritó:

-¡Adelante sarracenos! Ha llegado el momento. Yo os indicaré el camino.

El emir blandió la lanza y enfiló la punta contra Carlos.

Carlos vio al emir y a sus ejércitos que llenaban la comarca menos el terreno que él pisaba. Entonces exclamó, dirigiéndose a sus hombres:

-Barones franceses, ha llegado el momento que esperábamos; delante nuestro se halla todo el ejército sarraceno, dispuesto a aplastarnos. Vosotros sois buenos vasallos y habéis resistido muchas batallas. Los infieles son felones y cobardes y su ley nada vale comparada con la nuestra. Sus dioses son falsos y nuestro Dios es verdadero. Aunque sean más numerosos que nosotros esto no es suficiente para vencernos. Somos mejores que ellos y cada francés vale por diez infieles. Tenedlo presente amigos, y seguidme pronto sin titubeos. El que no lo haga así puede irse, será cobarde e indigno de ser francés.

Carlomagno picó las espuelas al corcel, Vencedor saltó cuatro veces y los franceses dijeron admirados:

-El emperador es el más valiente de todos, nadie puede igualarlo. Cabalguemos sin temor y la victoria será nuestra, que nadie desfallezca ya que debemos vengar a los nuestros.

El día era claro y lucía el sol en lo alto.

Los dos ejércitos se aprestaron para el combate.

Choraron las vanguardias y los gritos de victoria y de dolor se entremezclaron. Caían los hombres, heridos y muertos.

El conde Rabel y el conde Guinemán soltaron las riendas y espolearon vivamente a sus corceles. Animados por su emperador los franceses comenzaron a herir con sus afiladas lanzas. Era tal su arrojo que muchos sarracenos mordieron el polvo sin poder maldecir a sus dioses.

El conde Rabel era un valiente caballero. Cabalgó sin temor y atacó al rey persa Turleu. Nada pudo hacer el sarraceno para evitar el encontronazo. El conde francés le hundió en el cuerpo la dorada lanza y le derribó muerto en el suelo. Y los franceses dijeron:

-¡Dios está con nosotros! El emperador es invencible y debemos ayudarle.

Guinrmán encontró al rey vitalicio y peleó con él. Poco duró el combate, pues el francés se impulsó enseguida. Le rompió la adarga pintada de flores, le desgarró la lóriga y le hundió en el cuerpo todo el gonfalón. Así murió el rey vitalicio con gran consternación de los infieles.

Los hombres de Carlos se alegraron extraordinariamente al ver tal proeza y exclamaron:

-¡Qué gran victoria la de Guinemán! Ha matado a uno de los reyes sarracenos, Dios eligió a Carlos para mantener la verdad. ¡Nadie podrá impedir su victoria!

Malprimis, el hijo del emir, montó en su caballo blanco, orgulloso de su fuerza se lanzó contra las filas de los franceses con ánimo de provocar su huida. Repartió feroces mandobles y mató a muchos guerreros. Luchaba con enorme denuedo.

Pero Malprimis no se daba perfecta cuenta del peligro que corría con su insensata audacia. Su padre, el emir Baligán se dio cuenta de ello y gritó a los suyos:

-¡Oh, mis barones! Mi hijo se ha adentrado en las filas enemigas en busca de Carlos; ha matado a muchos franceses, pero corre mortal peligro. Es preciso que le ayudemos con nuestras agudas lanzas.

Los guerreros del emir avanzaron entonces para socorrer a Malprimis y se abrieron paso entre las filas enemigas asestando terribles golpes. La batalla se hacía cada vez más encarnizada por la furia de los combatientes. Nunca se vio nada igual.

Numerosos eran ambos bandos y peleaban con fuerza. Todos los cuerpos del ejército habían entrado ya en combate. ¡Oh, señor! ¡Cuántas astas rotas por la mitad, cuántos escudos en el suelo, cuántas lorigas destrozadas!

El suelo estaba sembrado de cadáveres de ambos bandos, y la verde hierba del campo teñida de rojo.

El emir Baligán gritaba a los suyos:

-¡A ellos! ¡La victoria es nuestra! ¡Cargad contra los cristianos!

Dura era la batalla. Pasaban las horas y no menguaba el furor combativo y por los dos ejércitos se hacían alardes de valor. Llameaban los ojos de los combatientes y nadie pedía tregua ni cuartel. Aquella pelea iba a durar hasta la noche cuando las tinieblas impidieran la continuación de la matanza.

El emir seguía arengando a los suyos:

-¡Matad, sarracenos! ¡Pelead sin tregua hasta que no quede un francés con vida! Si así lo hacéis os daré grandes riquezas, feudos y dominios. Todos saldremos ganando con ello.
Y los infieles respondieron:

-¡Así lo haremos!.

Pero a fuerza de herir sin descanso, a los infieles se les rompieron muchas lanzas. Entonces desnudaron más de cien mil espadas. ¡Qué espectáculo más impresionante, señor!.

En el bando francés el capitán arengó a sus hombres:

-Señores barones, tengo fé en vosotros. Habéis luchado en muchas batallas, conquistado reinos, fortalezas y ciudades. Sé cuánto habéis hecho por mí y por Francia y quiero recompensaros con tierras y riquezas. Todo será poco por lo mucho que habéis hecho. Pensad, además, en Roldán, Oliveros, los doce pares y los veinte mil franceses que murieron en Roncesvalles a manos de los infieles. Ahora ha llegado la hora del desquite. Tenemos la razón de nuestra parte y venceremos.

-Decís la verdad, señor.
-Así debe de ser.
-No queremos riquezas sino victoria.
-Los infieles serán derrotados.

Así hablaban los nobles barones de Carlos. Y veinte mil hombres se reunieron junto a ellos, dispuestos a proseguir la lucha.

-¡Montjoie! ¡Montjoie! –gritaban todos.

Los veinte mil juraron fidelidad al emperador y no abandonarle nunca pasase lo que pasase, ni ante la muerte ni ante el dolor. Las lanzas y las espadas manejadas por ellos darían la réplica al terrible enemigo que esperaba la victoria por la superioridad numérica de sus huestes.

Y la batalla era maravillosa y encarnizada…

Malprimis, el hijo del emir Baligán, cabalgaba por el centro del campo y hacía grandes estragos entre los soldados de Carlos. Su espada y su lanza no se daban un momento de reposo, y la verde hierba se tenía de roja sangre.

El duque Naimón advirtió la mortandad que causaba el infiel y fue a su encuentro con ánimo de vencerle. Cuando estuvo frente a él le miró ceñudamente y con gran valor se lanzó a matarle. Desgarró el cuero de su escudo, rompió la cota y hundió en su cuerpo el gonfalón amarillo. Malprimis fue derribado de la montura y cayó exánime en el suelo entre los numerosos cadáveres que yacían en tierra.

-Ya nunca podrás hacer daño –gritó el duque Naimón. Y todos los franceses se alegraron de ello.

El rey Carlos abrazó a su barón que tanto valor había demostrado:

-Sois uno de los mejores, con hombres como vos segura es la victoria.

El rey Canabeo, hermano del emir, se dio cuenta de la muerte de su sobrino Malprimis y ardió en deseos de venganza. Espoleó duramente a su caballo y se enfrentó con el duque Naimón. El infiel desenvainó la espada que tenía el pomo de cristal. Sin darle tiempo golpeó a Naimón sobre el yelmo, que se partió en dos partes. Con la espada le rompió siete lazos sin que nada le sirviera al duque su almófar. Le hendió la cofia hasta la carne y arrojó un trozo a tierra.

Terrible había sido el golpe asestado por el infiel. El duque tardó en reponerse, y ya iba a caer cuando Dios le protegió. El duque se mantuvo abrazado al cuello de su corcel casi inconsciente. En aquella postura era indudable que si Canabeo asestaba de nuevo aquel golpe el noble barón podía darse por muerto. Pero el emperador se dio cuenta y corrió en su ayuda.

Abrazado al cuello de su caballo Naimón estaba indefenso y Canabeo se aprestaba a rematarle con un buen golpe cuando apareció Carlos. El emperador gritó con todas sus fuerzas:

-¡Cobarde infiel! Bien te aprovechas de su debilidad. Pero no podrás hacerlo porque tendrás que luchar conmigo. Heriste a este hombre, pero caro lo vas a pagar.

Y Carlos se lanzó sobre él sin darle tiempo a reponerse de su sorpresa.

Breve fue la pelea, Carlos le partió el escudo, le rompió la cota y el infiel cayó al suelo muerto. La silla había quedado sin jinete.

Los soldados de Carlos prorrumpieron en grandes exclamaciones de alegría al contemplar la singular proeza, porque amaban mucho a su emperador y también al duque Naimón.

Carlos estaba acongojado a ver a su fiel Naimón en aquella postración, el duque estaba herido y la sangre manaba con abundancia y regaba la verde hierba.

El emperador aconsejó a su fiel barón en los siguientes términos:

-Cabalgad junto a mí, mi buen Naimón. Muerto está el que os puso en trance de muerte. Tiene una lanza mía en el cuerpo y ya no podrá hacer más daño.

El duque respondió con voz débil:

-Gracias señor, os debo la vida.



Avanzaron juntos el señor y el vasallo, y detrás de ellos veinte mil franceses… 

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