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jueves, 25 de mayo de 2017

La Canción de Roland (28/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión


28.- Carlomagno y Baligan

 Pasaba el día y se acercaba la noche. Seguían peleando franceses y árabes con encarnizamiento sin igual. Jamás se había visto ejércitos tan valerosos y obstinados. Y mientras seguía la lucha no olvidaba cada bando su grito de guerra que afloraba sin cesar en sus labios:

-¡Preciosa! Rugía el emir Baligan.

Y era coreado por todos los sutos.

-¡Montjoie! –clamaba Carlos.

Y los franceses le hacían eco.

Ambos paladines oyeron sus respectivas voces y se reconocieron en el campo de batalla a través del fragor de las espadas y de las lanzas.

Avanzaron uno hacia el otro y se retaron a singular combate. Las lanzas de los dos caudillos cambiaron enconados golpes sobre las adargas bordadas de rosetas. Se rompieron las adargas por debajo de las anchas blocas y se desgarraron los paños de las lorigas, pero ninguno de los dos sintió rozadas sus carnes.


Se quebraron las cinchas y saltaron las monturas. Cayeron ambos, pero se levantaron con presteza y desenvainaron las espadas. Era una lucha a muerte que no volvería a repetirse porque de los dos uno debía quedar exánime en el campo de batalla para no levantarse más.

¡Oh Señor, qué valiente era el emperador Carlos de Francia, aunque el emir no le iba a la zaga! No, no era cobarde el emir Baligan. Arremetieron ambos con sus desnudas espadas y se asestaron furiosos golpes sobre los escudos. Se partieron los cueros y las maderas; cayeron los clavos y las blocas volaron hechas pedazos. Luego, sin defensa ya, ambos se hirieron sobre las lorigas. De los yelmos brotaban centellas y en cualquier momento podía sobrevenir la muerte para cualquiera de los dos. El combate decidiría quien tenía razón.

El emir habló a su contrincante en los siguientes términos:

-Reflexiona, Carlos, antes de que sea demasiado tarde. Pruébame que estás arrepentido de tus crímenes. Mataste a mi hijo y pretendes ahora ser dueño de España. No tienes razón. El rey Marsil de Zaragoza me ha cedido sus derechos y tú no tienes ninguno. Te ofrezco la paz: sé mi vasallo y nada tendrás que temer. Te daré España en feudo y vendrás conmigo a Oriente. Serás poderoso y rico. Tu nombre seguirá siendo respetado. ¡Vamos, decide!

Y el emperador respondió con fiero acento:

-No, Baligan. Si yo aceptara tal proposición sería el hombre más vil sobre la tierra. Ningún derecho tienes a gobernar este país. Marsil es un traidor y tú eres su amigo. No puede haber paz entre nosotros. A un infiel no puedo concederle mi afecto, ni ahora ni nunca. Lo que te propongo yo es que aceptes la fe cristiana, sólo en ese caso habrá paz entre nosotros. Abjura de tus errores y sirve al verdadero dios.

Y Baligan contestó con despecho, pues ya veía imposible que Carlos accediera a sus deseos:

-Pierdes el tiempo, Carlos. Jamás me retractaré de mis creencias, seguiré a mis dioses cómo lo hice hasta ahora y no me haré jamás cristiano, pues Mahoma es superior a Cristo.

-Tú lo has querido –gritó el emperador- no habrá paz entre nosotros.

-Así será –replicó el emir.

Y ambos contendientes volvieron a luchar encarnizadamente sin dar descanso a las espadas.

El emir era un hombre dotado de fuerza hercúlea, golpeó a Carlos sobre el yelmo, se lo partió sobre la cabeza y lo hendió. La hoja llegó hasta la cabellera y le arrancó un buen palmo de piel dejando desnudo el hueso. Fue un golpe capaz de matar al hombre más fuerte.

Carlos vaciló y estuvo a punto de caer al suelo. Pero Dios no quiso que el emperador sucumbiese. Envió al arcángel San Gabriel para que le prestase ayuda.

San Gabriel estaba ya a su lado y le preguntaba:
-¿Qué te pasa, gran rey? No tengas miedo del emir. Yo te digo que jamás podrá vencerte.

Al oír las palabras del arcángel el emperador recuperó todo su ánimo, pues sabía que su dios no le abandonaba y esta fe le llevó a recobrar todas sus fuerzas. Con la espada atacó al emir, quien no esperaba tal cosa. Le rompió el yelmo dónde brillaban las gemas, le hendió el cráneo y derramó todo su cerebro. Le partió la cabeza y le derribó muerto.


Entonces Carlos gritó a los suyos:

-¡Montjoie! ¡Dios está con nosotros!

Al oír este grito acudió el duque Naimón y el rey cabalgó junto a su fiel barón.

Los franceses elevaron al cielo sus espadas al saber de la muerte del emir y los infieles prorrumpieron en gritos de terror y huyeron a la desbandada. La muerte del emir era señal cierta de que sus dioses les habían abandonado.

El campo de batalla pertenecía ya a los cristianos y el emir jamás podría ser el dueño de España.

Huían los infieles a campo traviesa sin parar mientes en nada que no fuera su deseo de escapar a la muerte. Los franceses asestaban tantos golpes como podrían, y dijo el rey Carlos:

-La victoria es nuestra porque Dios así lo ha querido. Obrad como caballeros y que la fatiga no os impida proseguir la persecución. Nuestro objetivo es la ciudad de Zaragoza.
Y todos los franceses aprobaron las palabras de su emperador.

Aquella persecución parecía interminable. Hacía mucho calor y se levantó una gran polvareda. Huían los infieles y los franceses intentaban acorralarles para que no escapara ninguno.

Por fin llegaron a Zaragoza. Los infieles entraron por sus calles con el peso de su derrota.

A lo alto de la torre salió Abraima, esposa de Marsil y junto a ella estaban los clérigos y canónigos de la falsa ley. Recibió enseguida a los fugitivos y se enteró por ellos del desastre.

Llorando, Abraima se dirigió al aposento del rey Marsil a comunicarle la noticia:

-¡Mahoma nos asista en este trance! ¡Ah, rey Marsil, la victoria se ha esfumado! Murió el emir Baligan a manos de Carlos y todo está perdido. Pronto llegarán los franceses para afrentarnos. Los dioses más bien han sido enemigos nuestros.

Marsil, que estaba ya muy quebrantado, al conocer la noticia del desastre de los labios de su esposa no pudo superar la profunda impresión. Se volvió a la pared, lloró y abatió afligido la cabeza.


El dolor le provocó la muerte y entregó su alma a los viles demonios. 

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