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jueves, 23 de octubre de 2014

La Canción de Roland (1/34)

1.- El rey Marsil

Durante siete largos años permaneció en España el emperador Carlos,   el monarca más grande de la cristiandad. Vencedor de lombardos  y sajones  , era inmenso su prestigio. Pero él no estaba satisfecho con sus victorias, al otro lado de los Pirineos se erguía la otrora indomable España, dominada casi en su totalidad por el poder sarraceno.

<Necesito imperiosamente para gloria de Francia y de todo el occidente establecer una marca, que sirva de muro de contención para los infieles> pensaba el emperador.


Sus consejeros intentaban disuadirle de tamaña empresa.

-Preferible es esperar su ataque a realizar esta expedición tan arriesgada.
-Las fronteras del imperio se han extendido mucho, señor, no os aconsejamos que 
emprendáis tal aventura.
-Mejor sería pactar con el infiel y no arriesgar lo ganado.

Pero Carlos no hizo caso de tan prudentes consejos. Y un día su ejército entró por los Pirineos y como un alud se esparció por todo el norte hasta el borde del mismísimo mar. No hubo castillo que resistiese, ni muro ni ciudad que no fuese derribada. Como una plaga los francos se desparramaron por el norte de España y la gloria de Carlomagno se elevó hasta las estrellas. Y así fue dueño del territorio hispano durante siete años, mientras sus tropas no cesaban de luchar contra los infieles.


Pero hubo una ciudad que no fue conquistada, Zaragoza. Se levantaba sobre una colina y estaba sometida al rey moro Marsil, que no adoraba al verdadero dios. Marsil servía a Mahoma y adoraba a Apolo. Era, al mismo tiempo, musulman y pagano. Sin embargo, no escaparía por mucho tiempo al desastre que le esperaba.


El rey Marsil se hallaba en Zaragoza y paseaba por los jardines, acompañado de sus nobles. El rey moro saboreaba allí el olor y la fragancia de las flores y la quietud del paisaje. Nadie se atrevía a interrumpir sus meditaciones, todos esperaban anhelantes las órdenes que aceptarían sin rechistar.

Por fin rompió el silencio el poderoso monarca de Zaragoza:


-¡Nobles caballeros y dignatarios de mi reino! Os he reunido aquí para hablaros de un grave asunto. Carlos, el emperador de la dulce Francia, es el azote que nos hiere a todos, ha invadido este país buscando nuestra ruina. Se ha apoderado de todas las tierras y castillos que nos circundan. De la montaña al mar nadie le ha podido resistir, sólo queda Zaragoza para sus ansias de gloria. Bien sabéis que no tengo ejércitos que puedan derrotar a los suyos, aconsejadme vosotros, mis juiciosos barones y evitadme la derrota y la ignominia.

Se hizo un largo silencio, un largo y pesado silencio, tras las palabras del rey Marsil. Nadie se atrevía a emitir su opinión, todos aquellos infieles conocían sobradamente el gran poder del monarca franco. Pero de súbito habló uno de ellos, el más prudente, llamado Blancandrín. Era además de prudente un valeroso guerrero, y por su probidad el rey Marsil le tenía en gran estima. Blancandrín habló al rey en los siguientes términos:

-¡Oh señor! No alberguéis ningún temor. No os hace falta enfrentaros abiertamente con Carlos. Enviad tan sólo a este emperador orgulloso y denodado un mensaje de fidelidad servil, como si se tratara del más grande amigo. En este mensaje podéis ofrecerle muchos presentes y riquezas; lebreles, osos y leones, setecientos camellos y mil azores mudados, cuatrocientos mulos cargados de oro y plata y una reata de cincuenta carros. Carlos anda escaso de dinero y con estas riquezas podrá pagar largamente a sus soldados. Decidle, además, que bastante ha luchado ya en esta tierra que para nada necesita. Que regrese a Francia, a Aquisgrán, prometedle que vos iréis allí en la fiesta de San Miguel y os haréis cristiano. Decidle que queréis ser vasallo suyo.  Si él quiere rehenes se los enviaréis enseguida, los que quiera, diez, veinte o más, lo mismo da, lo principal es que os captéis su confianza. No importa que tengáis que enviar a los hijos de nuestras esposas, si alguien ha de morir, yo ofrezco enviar a mi hijo. Que caigan las cabezas de unos cuantos antes de morir todos y que nuestro país sea destruido,  todo será preferible, oh señor, a que Carlomagno nos arrebate nuestras riquezas y nos convierta en mendigos.

El rey Marsil y todos los presentes escucharon con atención las palabras de Blancandrín el prudente. El monarca cayó en profunda abstracción, cómo si creyera que su consejero habría terminado de hablar, pero Blancandrin aún añadió lo siguiente:

Miniatura del S.XIV "La entrada a España" Biblioteca Marciana, Venecia.
Blancandrin asesora al Rey Marsil y consigue su beneplácito para ir al
encuentro de Carlos con su propuesta. 

-Por mi diestra mano y por la barba que flota sobre mi pecho, hago un solemne juramento por Alá y por Mahoma su profeta, así os digo que, si mi consejo es aceptado, muy pronto veréis alzar en el campo a los ejércitos francos, alzarán sus tiendas y volverán a su país sin demora. Cuando todos estén en sus mansiones y Carlos en su palacio de Aquisgrán, fiado en nuestras promesas, se celebrará una lucida fiesta el día de San Miguel. Pero pasará este plazo y ni el rey ni nosotros acudiremos a la ciudad de los cristianos. Carlomagno no tendrá noticias nuestras, como el emperador es muy altivo y cruel ordenará la muerte de los rehenes, ¡no importa, señor!, que mueran nuestros hijos, nuestros hermanos y nuestros amigos, antes de perder este reino de España, antes de pasar por la vergüenza de la humillación y el deshonor.

-Blancandrin tiene razón –dijo uno de los presentes.

-Hagamos lo que él dice –exclamó otro.

-Que así sea y que así quede escrito –declaró el rey Marsil con acento satisfecho.

Entonces el monarca sarraceno de Zaragoza dio por terminada la reunión y entró en el palacio, acompañado de Blancandrin su fiel servidor, el más valerosos y prudente de todos sus barones.

Unas horas después en el gran salón del trono, el rey Marsil hizo llamar a Clarís de Balaguer, a Tamarite y a Endropín, que era su par, llamó también a Priamón, a Maquina y a su tío Maheu, a Guarlán el barbudo, a Joüner y a Malvino. Cuando los tuvo a todos reunidos les explicó su plan de acuerdo a la propuesta de Blancandrin:

-Señores barones –dijo- iréis en embajada a Carlomagno, que ahora está asediando la ciudad de Cortes. Tenéis que presentaros como amigos y para ello nada mejor que llevar en las manos ramas de olivo en prenda de paz y humildad. Si gracias a vuestras dotes logramos un buen acuerdo seréis recompensados espléndidamente con oro y plata además de tierras y feudos.


-Sois grande y generoso, señor, ¡Que Alá os guarde y su profeta Mahoma os inspire! –dijeron todos al unísono, inclinándose reverentemente.

El rey Marsil terminó de hablar:

-Nobles vasallos, los más audaces y valientes de todos mis guerreros, iréis pues, con ramas de olivo en las manos y le diréis al rey Carlomagno que me otorgue su merced en nombre de su dios, que sólo deseo estar en paz con él, que abandone esas tierras sin desconfianza, y que antes de un mes iré a Aquisgrán con mil de mis vasallos y recibiré la fe cristiana. Seré tributario suyo por fidelidad y amor. Y si desconfía y hace preguntas, decidle que acepte rehenes en prenda de nuestra buena fe. Que los puede escoger él mismo de nuestros hijos y hermanos.


-Así conseguiréis un buen acuerdo –manifestó Blancandrin el prudente, y los demás barones asintieron.

Poco después el rey Marsil ordenó que le trajeran diez mulas blancas que le había regalado en otro tiempo el rey de Cilicia, los frenos eran de oro y las sillas estaban recamadas de plata. Las diez mulas fueron entregadas a los mensajeros reales, que partieron en sus cabalgaduras llevando en las manos ramas de olivo en señal de paz. Y delante de todos iba Blancandrin, feliz y orgulloso porque el rey había aceptado su astuto y prudente consejo.

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