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lunes, 15 de diciembre de 2014

La Canción de Roland (3/34)

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 3.- Ganelón y Blancandrín

El conde Ganelón entró en su tienda, descansó en la cama durante una hora y luego se vistió con sus mejores armas, fijó a sus pies espuelas de oro y ciñó a su costado la espada Munglés.

Salió de la tienda y montó en su caballo Tachebrún, su tío Guinemaro, que mucho le apreciaba, sostenía el estribo. Entonces acudieron allí otros muchos caballeros, amigos todos de Ganelón. Lloraban algunos al ver partir a su amigo a una suerte incierta y decían “todo ha sido obra de Roldán que os odia” “es una lástima que partáis después de haber sido tan buen vasallo” “Roldán debió pensar que vos descendéis de noble linaje”

Ganelón oía en silencio a sus amigos, varios de ellos querían acompañarle pero Ganelón les contestó:

-No puede ser, amigos míos, no place a Dios nuestro señor que tenga compañía, lo que he de hacer debo hacerlo solo. Es preciso que yo muera para que vivan tan buenos caballeros. Vosotros regresaréis a la dulce Francia, sólo os pido que saludéis de mi parte a mi esposa y a Pinabel, mi amigo y mi par, y a Balduino, mi hijo. Ayudadle y honrarle como si fuera yo.

Y dicho esto, saludó a todos con un movimiento de brazo y avanzó por la llanura en dirección al campamento de los mensajeros del rey Marsil, con los cuales debía emprender el viaje hacia Zaragoza.

El conde Ganelón cabalgó incansable bajo los altos olivos, allí se reunió con los mensajeros del rey Marsil que ya estaban enterados de su misión. Todos juntos emprendieron viaje a Zaragoza. Por el camino Ganelón conversó largamente con el astuto Blancandrín, enterado ya de su disputa con Roldán. Blancandrín era un hombre muy prudente al hablar, encubría siempre sus verdaderas intenciones y dijo:

-Vuestro rey Carlos es un hombre extraordinario, es un gran guerrero que ha conquistado Apulía y Calabria, cruzó la mar y derrotó a los sajones pero ¿para qué necesita tantas victorias? ¿qué pretende aquí en España?

-Carlos pretende su gloria, la gloria imperial. Nadie podrá vencerle –exclamó Ganelón con aire de arrogancia-. Blancandrín repuso entonces:

-De acuerdo con lo que decís, la gloria del emperador no ha de empañarse jamás pero.. si me atreviera…

-Podéis hablar con total franqueza, Blancandrín –dijo el conde franco.

-Pues los franceses son gente muy noble y valiente, no puede dudarse de ello, sin embargo hacen un gran mal a su señor al darle consejos tan… exaltados. Quieren la guerra y el exterminio de todos sus enemigos.


-No lo creáis, señor, nadie quiere eso excepto Roldán –respodió Ganelón- pero algún día se acordará de sus bravatas. Es él quien excita al emperador y le obliga a guerrear siempre, pero su mismo orgullo será su perdición. Si queremos la paz es preciso matar a Roldán, él es el único obstáculo.

Blancandrín sonreía al decirle a su acompañante:

-Veo que odiáis a Roldán y por cierto que no os lo censuro. Yo también le odio porque quiere reducir a mi nación a la esclavitud y dominar todas las tierras de España, pero veamos, si así piensa Roldán ¿podéis decirme con que medios cuenta para triunfar?
Ganelón contestó sin reparo:

-Cuenta con los franceses, señor Blancandrín, con los franceses que le aman tanto que nada le negarán de cuanto les pida aunque sea la propia vida, él les da oro y plata, caballos y armas. El emperador nada les niega, ni favores ni riquezas, tiene todo cuanto puede desear. Os lo afirmo solemnemente, Blancandrín, Roldán conquistará todas las tierras desde aquí hasta oriente.



Blancandrín observaba atentamente a Ganelón mientras hablaba, el odio y la sed de venganza contra Roldán destilaban en cada palabra que pronunciaba el conde francés.
Siguieron cabalgando el sarraceno y el cristiano por veredas y caminos sin apenas notar el cansancio, entretenidos en su conversación. Muy pronto se pusieron de acuerdo en la conveniencia de matar a Roldan, que estorbaba a ambos.

Por fin llegaron a Zaragoza con los demás mensajeros que a prudente distancia de ellos habían permanecido callados todo el camino.

Cuando divisaron la ciudad echaron pie a tierra, bajo un tejo, muy cerca de allí, a la sombra de un pino, estaba el rey de Zaragoza que dominaba a toda España. Los esclavos del rey habían levantado un faldistorio guarnecido de seda de Alejandría. Junto al rey y por toda la llanura había veinte mil sarracenos.



Todos callaron al ver llegar con paso apresurado a Blancandrín, Ganelón y los demás mensajeros. Blancandrín se acercó respetuosamente al rey Marsil llevando a su lado al conde Ganelón. Así le habló el vasallo a su señor:

-Os saludo, noble rey, en nombre de Mahoma y Apolo cuyas santas leyes guardamos todos. Ya hemos cumplido vuestro encargo llevando el mensaje a Carlos. El emperador levantó las manos al cielo y alabó a su Dios, sin decir nada más, pero os envía, oh noble y poderoso señor, a uno de sus barones que es francés y de muy elevada alcurnia, él os dirá lo que piensa el emperador, por él sabremos si habrá guerra o paz.

El rey Marsil miró con atención al mensajero del emperador, luego dijo con voz reposada:

-Has cumplido bien mis órdenes, noble Blancandrín, tú y los demás mensajeros seréis recompensados si todo sale como yo espero. Ahora, que hable el enviado de Carlos, le escucho.



Mientras, el conde Ganelón estaba reflexionando sobre lo que iba a decir, como hombre sensato empezó a hablar en los siguientes términos:

-Os saludo, oh noble rey, en nombre de Dios glorioso a quien todos debemos adorar, os llevo el mensaje de mi rey Carlos, paladín de la Cristianidad; aceptad la fe cristiana y mi rey os dará en feudo la mitad de España, en el caso de que no aceptéis este trato os declarará la guerra, os vencerá y os llevará atado hasta Aquisgrán. Allí se os juzgará u seréis condenado a muerte, moriréis de muerte vergonzosa y vil.

El rey Marsil al oír las palabras del mensajero montó en terrible cólera, estuvo a punto de arrojar al conde su emplumado dardo pero los que estaban a su lado le contuvieron.

El rey seguía en su furor, volvió a blandir el dardo amenazando a Ganelón, este echó mano de su espada para defenderse.

-Jamás dirá el rey de Francia que fui cobarde con los enemigos de su imperio, quien desee atacarme pagará un alto precio por mi vida.

-Evitemos la lucha –dijeron los nobles sarracenos que rodeaban al rey Marsil.

Por fin el monarca sarraceno abandonó su actitud hostil y ocupó otra vez el faldistorio.

-No podéis matar al enviado del rey francés, señor.

-Aplacas, señor, y dejad que se explique.

Así hablaban los nobles sarracenos en un intento de apaciguar la cólera del rey Mársil.

-Señor, dijo Ganelón -, sabía lo que me esperaba al acudir ante vos pero sin embargo estaba dispuesto a pasar por la prueba, ni por todo el oro del mundo callaría yo lo que Carlos me ha confiado para vos, su mortal enemigo.

Ganelón arrojó al suelo su manto de pieles de marta cebellina recamado de seda pero su puño derecho sostenía firmemente la espada, todos los presentes admiraron su arrogante gesto y exclamaron:

-¡Es un valiente!

Ganelón se adelantó al rey y le dijo:

-Os habéis enojado injustamente, el poderoso Carlos os propone la paz, sólo exige que os hagáis cristiano. A cambio de esto os dará en feudo la mitad de España, la otra mitad es para su sobrino Roldán, en verdad que vais a tener un vecino muy peligroso, si no aceptáis, el rey vendrá a poner sitio a Zaragoza y seréis derrotado, hecho prisionero y llevado a Aquisgrán, ya os lo he dicho antes. Y para confirmar mis palabras aquí tenéis el breve del emperador.




Y con la mano derecha le entregó el documento al rey infiel. 

Continúa en el cuarto capítulo

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