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lunes, 28 de septiembre de 2015

La Canción de Roland (11/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates


11.- Mueren los capitanes de Roldán

La batalla iba tomando mal cariz para los cristianos. Surgió entonces de las filas sarracenas un infiel llamado Valdabrún, de noble alcurnia, rey poderoso que había armado caballero el rey Marsil. Disponía en el mar de cuatrocientas naves y no había marino que no estuviese a sus órdenes. Este Valdabrún fue quien ocupó Jerusalén con sus propias manos y el que recibió el voto del conde Ganelón y le dio la espada y mil monedas de oro.

Valdabrún montaba en el caballo Graminundo, el más rápido que el halcón. Espoleó su corcel y se dirigió sobre el duque Sansón sin darle tiempo a reponerse de la sorpresa. El sarraceno pudo así partir el escudo, romper su cota y hundirle la lanza en el cuerpo. El buen duque Sansón cayó muerto en el campo de batalla.
Entonces orgulloso de su hazaña Valdabrún gritó a los suyos:
-¡La victoria es nuestra! ¡adelante sarracenos! ¡Que no quede ningún francés con vida!

Cuando los soldados de Roldan vieron muerto al duque Sansón exclamaron compungidos y descorazonados:
-¡Dios, qué dolor perder a un valiente como era el duque Sansón!

Roldan se enteró en seguida de la muerte de su gran amigo y se sintió lleno de dolor. El dolor le inflamó coraje y picando espuelas a su caballo se lanzó en persecución del matador del duque. Roldán llevaba en alto su espada Durandarte que tanto aterrorizaba a los infieles y que era más preciosa que el oro puro. Los franceses al ver a Roldán cabalgar furioso se sintieron enardecidos y recobraron los ánimos. 

La espada de Roldán abría las filas de los sarracenos, que huían de él como si fuera un apestado. Pronto Roldán se halló frente a Valdabrún, que seguro de sí mismo le esperaba creyendo en su victoria, pero Roldán no le dio tiempo a prepararse. 
La espada Durandarte golpeó el yelmo del infiel, cuyas piedras preciosas estaban engastadas en oro. Le hendió la cabeza, la cota y el tronco y también la silla cubierta de pedrería y el espinazo del corcel. Caballo y jinete quedaron tendidos en el polvo, y la gloria de Roldán fu grande con tal hazaña entre los infieles, que comentaban aterrorizados:

-Este hombre será nuestra ruina.  ¡Qué gran golpe ha infligido a uno de los nuestros, uno de los mejores capitanes de nuestro ejército!

Y hasta el rey Marsil se afligió mucho, porque Valdabrún era hombre de confianza, y Roldán gritó a los suyos:
-Así pienso hacer con todos nuestros enemigos.

Había en el ejército de Marsil un africano llamado Malquidán, hijo del rey Malquid, llegado de África para ayudar al monarca de Zaragoza. Sus armas eran de oro batido y brillaban al sol. Montaba en su caballo Saltoperdido, jamás hubo otro que fuera más rápido en la carrera. Este africano, valiente y audaz entre todos, se adelantó y se lanzó contra uno de los paladines de Roldán, llamado Anseís. Le rompió el tejido de la loriga y le hundió en el cuerpo la lanza. El conde Anseís murió en el acto.

Todos los franceses que vieron lo ocurrido lamentaron la muerte de uno de los suyos:
-¡Dios, que lástima de barón!

Los sarracenos se alegraron de ello y prorrumpieron en grandes exclamaciones de júbilo.

Iba por el campo el arzobispo Turpin y se enteró de la muerte del conde Anseís, lleno de pesar increpó al asesino del conde:

-Has matado a un valiente que no pudo defenderse de tu lanza, veamos ahora si puedes hacer conmigo otro tanto.

Y el arzobispo, animosos, se dirigió contra Malquidán, y con su espada le dio tal golpe que el infiel quedó abatido sobre la verde hierba.

Y todos los franceses se animaron por tal hazaña y volvieron al combate con nuevos bríos.

Había en las filas del rey Marsil un infiel llamado Grandonio, hijo de Capuel, rey de Capadocia. Montaba en su caballo Marmorio, tan ligero como un pájaro. Grandonio se adelantó a lo suyos, soltó las riendas del corcel y acometió con rabia a Garin sin darle tiempo de defenderse, le rompió el escudo y le hundió la lanza en el cuerpo. Después mató a Gerer, a Berenguer y a Guido de San Antonio. Sin dar reposo a su lanza, Grandonio se lanzó contra Austori y le derribó exánime. 


Fue una gran hazaña la de Grandonio, la más destacada del campo sarraceno. Los infieles prorrumpieron en grandes exclamaciones de alegría y los franceses sintieron enorme pesadumbre. Iban muriendo a manos de los sarracenos los mejores capitanes de Francia.

-¡Qué gran tragedia, señor! –exclamaron los hombres de Roldán.

El conde Roldán permaneció unos momentos en silencio con la espada ensangrentada. Morían sus mejores hombres y todo su valor era insuficiente ante el número del enemigo que se renovaba sin cesar. Empezaban a clarear las filas de los franceses mientras que seguía en aumento el empuje sarraceno.
El conde Roldán había oído las lamentaciones de sus hombres y le pareció que su corazón iba a estallar de pena. Entonces se adelantó al infiel que tantos estragos había causado entre sus barones y exclamó con voz de trueno:

-Has matado a varios de mis hombres que eran muy queridos. Pagarás cara tu hazaña.

Y espoleó su corcel, ¡oh, señor! ¿Quién vencerá de los dos? El terrible combate está presto. Están ya frente a frente Roldán y Grandonio.

Grandonio era hombre fuerte y valeroso, audaz entre todos. No tenía miedo de enfrentarse a Roldán. Le esperó a caballo con todas sus armas. Jamás había visto al héroe francés, pero le reconoció enseguida por su rostro altivo y gentil apostura. Y entonces le ocurrió algo que nunca había experimentado antes: tuvo miedo. Intentó huir y no pudo, se daba cuenta de que con todas sus armas no sería capaz de defenderse. Roldán no le dio tiempo a nada. Le asestó un prodigioso golpe con la Durandarte que le partió el yelmo y luego le rompió la nariz, la boca, los dientes y todo el tronco. No tenía salvación. Grandonio había muerto sin pronunciar palabra con los ojos muy abiertos por la gran sorpresa.
Y todos los franceses se alegraron de la muerte del infiel y exclamaron:

-¡Roldan es invencible! ¡Nadie lucha tan bien como él!

La batalla seguía encarnizada, atacaban los franceses sin apenas notar el esfuerzo, la sangre corría en claros arroyos sobre la verde hierba.

Los sarracenos se defendían y gritaban pidiendo ayuda al rey Marsil, que aún no había llegado al campo de batalla.

Los franceses herían con sus bruñidas lanzas y cada vez caían más sarracenos cara al cielo o de bruces. No podían resistir más el empuje de los caballeros de Francia. De pronto abandonaron el campo de batalla y tras ellos fueron los franceses persiguiéndolos.

El conde Roldán llamó a Oliveros y le dijo:
-Amigo Oliveros, ayudemos al arzobispo Turpín que es un esforzado caballero, creo que está en un grave apuro.
-Así es, Roldán, los nuestros han avanzado en pos de los sarracenos pero el número de éstos es muy superior al de nuestros soldados, vamos a ayudarles.

Los sarracenos habían vuelto a combatir y la contienda se presentaba difícil para los hombres de Roldán por escaso número.


¡Qué hermoso era ver a los dos héroes Roldán y Oliveros dando mandobles con sus espadas! Era una lucha desigual pero grandiosa, muchos sarracenos murieron aquel día. Según cuenta la gesta llegaron a cuatro mil. Después de cinco ataques habían muerto sin embargo casi todos los caballeros franceses, sólo quedaban unos sesenta y aún seguían el combate pensando en vender caras sus vidas. 


12.- El olifante de Roldán 


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