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lunes, 11 de enero de 2016

La Canción de Roland (14/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros

14.- La derrota de los infieles.

Sólo quedaban tres franceses contra todo el ejército sarraceno. El conde Roldán, el más bravo de todos, caballero sin tacha; Gualterio de Ulmo, noble y buen caballero, conquistador de ciudades, y el Arzobispo Turpín, de probada bravuera. Ninguno de los tres desfallecía en la defensa. Y los tres juntos se precipitaron contra los infieles.

¡Grande fue su gloria! Había en el bando sarraceno mil infantes y cuatro mil hombres a caballo. Inmenso era el valor de tres hombres frente a tantos. ¡Miradlos a todos! Los sarracenos a pesar de su número no se atrevían a acercarse a los tres héroes. Sólo se arriesgaban desde lejos arrojando lanzas y venablos, picas y flechas, dardos y jabalinas. Era más que suficiente para acabar con los tres héroes.

A los primeros golpes mataron a Gualterio. El arzobispo Turpín no tardó mucho en ser alcanzado por las flechas y cayó derribado en el suelo, que quedó regado con su sangre. ¡Qué gran pena, Señor, ver caer a estos dos héroes!.

Cuando el arzobispo se vio derribado del caballo por la certera flecha se levantó prestamente y aún herido corrió hacia Roldán y le dijo:

-Aún no he sido vencido, Roldán. Seguiré luchando mientras aliente. Nunca me rendiré.

Y el arzobispo desenvainó a Almaza, su espada, y se adentró en las filas enemigas. Repartió más de mil golpes y dejó el campo sembrado de cadáveres.

Murieron muchos infieles, y el emperador diría luego que encontró en torno del arzobispo a cuatrocientos sarracenos entre heridos y muertos. Así lo cuenta la gesta y también el que presenció la batalla, el barón Gil. El que tales cosas no sepa no entenderá nada de esta historia.

El conde Roldán, el caballero sin tacha, seguía luchando sin descanso, su cuerpo estaba empapado de sudor y ardía. Tenía la cabeza dolorida, porque rotas estaban sus sienes por haber tañido el olifante, pero quería saber si el emperador iba a acudir al campo de batalla.

Tomó el olifante y lo hizo sonar débilmente, el sonido del cuerno no llegó a oídos del emperador que con sus hombres se iba acercando a Roncesvalles.

-¡Desdichados nosotros, señores barones! –exclamaba Carlos-. Oigo el sonido del olifante muy débilmente. Mal presagio es éste. Ello significa que mi sobrino Roldán va a morir, poco le queda ya de vida. Vamos, señores, es preciso apretar el paso. Que los que quieran verle con vida espoleen sus caballos, que suenen los clarines y que todos me sigan..

Sonaron entonces sesenta mil clarines y tan alto retumbaron los montes y respondieron los valles que los infieles oyeron el sonido y no dudaron de su dignificado.

Unos a otros los atemorizados sarracenos iban dicendo:

-Es Carlos y su ejército, está cerca de aquí. Vienen por nosotros.
Los infieles tenían miedo, Roldán había destrozado gran parte de su ejército y cada vez era menor su espíritu combativo. Con la presencia del emperador la derrota sarracena era inevitable.

Así decían los sarracenos a grandes gritos:

-El emperador está cerca.. Ya se oyen los clarines de los franceses… Nuestra derrota es inminente.. Roldán no ha muerto y con el ejército de Carlos nos derrotará y España será suya.

Entonces pensaron que era preciso acabar de una vez con Roldán, se reunieron cuatrocientos guerreros, los mejores del bando sarraceno, y atacaron al conde.

El paladín de Carlomagno iba a verse en un grave aprieto. Eran muchos hombres para Roldán.

El conde los vio llegar pero no se inmutó lo más mínimo. Recobró toda su fuerza, su altivez y ardimiento. No iba a rendirse nunca mientras conservara la vida. Montó en su caballo Vigilante, lo azuzó con sus espuelas de oro y se lanzó contra sus adversarios. El arzobispo Turpín estaba a su lado y aunque herido conservaba toda su presencia de ánimo.

Los infieles al darse cuenta del valor de aquellos dos hombres retrocedieron sin osar presentar batalla y unos a otros se decían:

-Más vale que nos retiremos, el poderoso Carlos está ya cerca de aquí y si nos quedamos seremos derrotados.

El conde Roldán seguía impávido desafiando a sus enemigos, que no osaban enfrentarse con él, llamó al arzobispo Turpín y le dijo:

-Estáis en pie y yo cabalgo, será mejor que yo eche pie a tierra y juntos esperemos lo bueno y lo malo que se presente. Estaremos juntos hasta el fin, si nos atacan sabremos rechazarles. Mi Durandarte no será jamás vencida.

Y el arzobispo contestó con animosas palabras:

-Bien habéis hablado, Roldán, lucharemos hasta el fin y cuando llegue el emperador sabrá derrotar a los sarracenos.

Y los infieles que no se atrevían a presentar batalla a Roldán decían entre ellos:

-¡Qué desgracia la nuestra! Perdimos a nuestros mejores hombres. Es cierto que matamos a casi todos los franceses pero de nada nos ha servido. Nuestras pérdidas son tan enormes que no podemos vender al ejército de Carlos que está a punto de legar. Ya se oye su grito de guerra “¡Montjoie!”, estamos perdidos. Pero ea, acabemos con Roldán, nadie pudo vencerle en combate leal, pero disparemos contra él nuestros dardos y quede muerto en el campo de batalla. Será una gran pérdida para el emperador.

Y entonces los infieles lanzaron contra el conde sus lanzas y emplumadas saetas, québrose el escudo de Roldán pero su cuerpo quedó indemne, sin embargo, su caballo Vigilante fue alcanzado por varias flechas y cayó muerto. Huyeron los infieles sin esperar más mientras el conde quedaba sin corcel.

Huían los infieles hacia las tierras de España temerosos de ser derrotados por Carlomagno, que se acercaba a marchas forzadas. Roldán no podía perseguirles porque había quedado sin cabalgadura. Se acercó al arzobispo Turpín y le ayudó a levantarse. Le desató de la cabeza el dorado yelmo y le quito la blanca y ligera loriga. Luego le quitó el brial, lo desgarró e hizo vendas para fajar las terribles heridas que sufría el arzobispo. Le tomó en brazos y le recostó suavemente sobre la verde hierba.

-Concededme vuestra venia, señor –dijo Roldán-. Quedaos aquí unos momentos mientras yo voy a ver tantos compañeros nuestros que reposan en el campo de batalla, no debemos dejarlos solos. Quiero reconocerlos y juntarlos ante vos en fila.

Y el arzobispo le contestó con voz débil:

-Podéis ir, Roldán, a Dios gracias hemos ganado la batalla, el campo es nuestro.
Roldán avanzó a través del campo, buscó por valles y montañas. Encontró a Garín, Gerer, Berenguer, Atón, Anseis, Sansón y a Gerardo de Rolsellón. Todos estaban en el campo. Los cogió uno a uno y con ellos volvió al lado del arzobispo. Allí los puso en fila ante sus rodillas, lloró el arzobispo al ver aquellos muertos. Levantó la mano y los bendijo. Luego exclamó con la voz quebrada por los sollozos:
-Que Dios acoja vuestras almas, nobles y valientes caballeros, flor y nata de Francia. ¡Oh, Señor, acógelos en tu paraíso con tus ángeles y con tus santos! Siento que la muerte se acerca… también yo deseo estar con voz allá en los cielos eternos, ya no podré volver a ver al emperador…

Roldán marchó otra vez por los campos a recoger a sus valientes. Encontró a su fiel Oliveros y le abrazó llorando contra su pecho. Como pudo, volvió al lado del arzobispo y puso a Oliveros junto a los demás.

El arzobispo Turpin los absolvió a todos e hizo sobre ellos la señal de la cruz, entonces Roldán y el Arzobispo lloraron ante el infortunio de todos sus amigos, y así dijo Roldán ante el cadáver de Oliveros, con voz quebrada por los sollozos:

-Oliveros, amigo fiel, fuiste hijo del duque Raniero de la marca de Val de Runer, no hubo en la tierra otro igual que tú. Supiste romper lanzas y abatir a los orgullosos, jamás el miedo hizo presa en ti. Tuviste que morir en Roncesvalles a traición y ante un enemigo superior. Que Dios acoja tu alma y que te dé el eterno descanso.

Lloraba el conde Roldán ante aquella desgracia, su rostro perdió el color y casi no podía tenerse en pie. Por fin tuvo que sentarse en el suelo y allí perdió el sentido.

Acongojado al ver a Roldán en aquella extrema aflicción el arzobispo Turpín exclamó:

-¡Qué gran pena, Señor! ¡Cómo podremos soportarla!

Al darse cuenta el arzobispo de que Roldán continuaba en su desmayo quiso ayudarle e intentó tocar el olifante pero no lo consiguió, sabía que cerca de allí había un arroyo y quiso ir a él para llevar agua a Roldán, se alejó a paso lento tambaleándose, anduvo unos cuantos pasos, muy pocos, y cayó de bruces al suelo. La muerte había hecho presa en él.

Cuando el conde Roldán volvió en sí miró a su alrededor, se incorporó pero notó una gran congoja. Miró otra vez a todos lados, muy cerca de él vio tendido al arzobispo casi exánime. Confesaba sus culpas y dirigía la vista al cielo rogando a Dios que le concediera el paraíso. Luego Turpín dirigió una última mirada a Roldán.

Roldán estaba ya junto al arzobispo acompañándole en sus últimos momentos. Fuera del cuerpo vio sus entrañas, cerró los ojos y cruzó sobre el pecho las blancas y pulidas manos.

Roldán musitó una oración póstuma en memoria de Turpín, espejo de caballeros, que había defendido con tanta bravura el honor de Francia.

-¡Que vuestro espíritu no padezca demora! Que las puertas del cielo estén abiertas de par en par. Jamás hubo tal profeta para mantener la ley de Dios en la tierra. Yo te encomiendo ahora al glorioso Dios de los cielos y le ruego que te lleve al paraíso. 


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