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sábado, 17 de octubre de 2015

Las huellas de la historia

Continuamos con el reportaje especial de la revista EuskalHerria sobre el valle de Aezkoa. Este fragmento se titutula "Las Huellas de la historia" y dice así 




 En los bosques se cobijan otros seres, como Unai, el hombre oso que pastorea vacas, Gaueko, el genio de la noche que rapta a las mozas, o las eilamiak, sirenas que hacen faenas a los humanos. Estas historias, cuajo de miedos ancestrales, debieron cocerse en las mentes inquietas de los primeros pobladores. Aquellos tatarabuelos prehistóricos intentaron explicarse el mundo y dejaron unas señales que no sabemos leer. Están un poco más arriba de la Fábrica de Orbaitzeta, en el collado de Azpegi; los cromlech. 

En Azpegi podemos imaginar a aquellos pastores de hace cuatro y cinco mil años, acaban de enterrar un cadáver en una cámara de losas y se afanan en cubrirlo con un montón de tierra. Entre la niebla llegan los balidos de sus rebaños. Nosotros escuchamos hoy los mismos balidos: Azpegi sigue siendo un paraje de pastoreo, de un oficio que perdura desde el Neolítico, desde el primer trashumante que vio a Basajaun entra la hojarasca hasta los Zabalza, que elaboran hoy un queso extraordinario. 

La siguiente huella de la historia queda cerca, en el escarpe calizo de Urkulu, allí se hallan los restos de un torreón romano, un monumento enigmático que probablemente se construyó como trofeo de conquista y quizá también para controlar el estratégico paso de Ibañeta. Y otra vez sobre la Fábrica de Orbaizeta se alzan las ruinas del castillo de Arlekia, unos muros medio derruidos, en lo alto de una colina, que también parecen datar de tiempos romanos. 

De los aezkoanos tenemos pocas certezas hasta la edad media, cuando los monarcas navarros empezaron a citarlos en sus documentos, a otorgarles fueros, a reconocerles la hidalguía colectiva. 

Pero de pronto aquel valle remoto y tranquilo se encontró en primera línea de conflictos internacionales. Con la invasión Castellana de 1512 y el establecimiento de la muga pirenaica, Aezkoa quedó como región fronteriza, dotada de riquezas apetitosas como la madera, las minas de hierro, cobre y plomo, y la abundante energía hidráulica. 

Las guerras del S XIX devastaron Aezkoa. Corserva algunas arquitecturas notables, pero apenas hay edificios viejos. Fueron arrasados por las tropas o ardieron en incendios fortuitos como el de 1898 en Garralda. El indiano Antonio Aróstegui pagó gran parte de la reconstrucción y ahora Garralda es un pueblo nuevo y espacioso. 

Las desgracias, las pobrezas y el aislamiento empujaron a muchos a buscarse la vida en Iruñea.. o en las américas

En la Aezkoa viven hoy menos de 1000 habitantes, dedicados sobre todo a la ganadería y a los trabajos forestales, pero su empeño ha mantenido un reducto de vida montañesa que en otros valles se ha extinguido más rápido. 

Sólo Aezkoa conservó la behi gorria, la raza e vaca pirenaica hoy extendida a tantas comarcas, Aezkoa asiste a los últimos latidos de la trashumancia. 

Aezkoa guarda 15 de los 22 hórreos que tiene Nafarroa, guarda las viejas bordas con techado de haya, especialmente en los rasos de Orbara y Aria, y guarda el rescoldo de su propio euskera, el aezkera, que nunca desapareció. 

Sí que desaparecieron de aquí las brujas, quemadas por la inquisición o disueltas en el olvido, pero subimos al encuentro de su memoria a la cumbre de Pettuberro. No hay mejor momento que el amanecer, cuando el sol sale sobre Hiriberri - Villanueva y empieza a encender uno a uno los nueve pueblos de la Aezkoa. Quizá por eso las hechiceras se reunían en esta cima, porque es el único punto desde el que podían extender su influjo sobre todos los pueblos del valle. 


N39 de la revista EUSKAL HERRIA, Abril-Mayo del 2009.

Ante la imposibilidad de encontrar las fotos que acompañan al artículo original se han buscado otras en la red para ilustrar esta entrada.  



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