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jueves, 22 de junio de 2017

La Canción de Roland (29/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión


29.- La victoria

La victoria de Carlos era definitiva.

La mayor parte del ejército de Baligán había muerto y el resto estaba herido y prisionero.

Los franceses con su emperador llegaron a las puertas de Zaragoza, que se abrieron sin que nadie pensara oponer resistencia. La desmoralización y el desánimo de los infieles era total.

Carlos ocupó la ciudad en pocos momentos. Los soldados de Francia entraron en Zaragoza y pernoctaron en ella por derecho de conquista.

Satisfecho se hallaba el emperador de la barba florida. Entró en el palacio de Marsil y Abraima le rindió las torres: las diez grandes y las cincuenta pequeñas.

Dios había ayudado a Carlos por tener fe y porque sabía luchar.

Pasó el día y llegó la noche. La luna iluminaba los campos y la ciudad y las estrellas brillaban en el firmamento como si se alegrasen de la victoria de Carlos.

El rey Carlos ordenó a mil de sus hombres que registraran toda la ciudad y que entraran en las sinagogas y en las mezquitas, porque nada debía quedar que recordase el culto de Mahoma. A martillazos y hachazos destruyeron las imágenes y los ídolos. Era preciso que desaparecieran para siempre los sortilegios y maleficios. El rey era buen creyente y no toleraba el culto a los falsos dioses.


Los infieles fueron llevados al baptisterio y los obispos bendijeron las aguas. De este modo fueron bautizados cien mil sarracenos. La reina Abraima, esposa de Marsil, no fue bautizada de momento porque el emperador quería llevarla a Francia y que se hiciera cristiana por su libre voluntad.

Pasó la noche y amaneció el día.


Entonces, Carlos no quiso entretenerse más en la ciudad y dio la orden de partir. Dejó, sin embargo, a mil caballeros protegiendo y guardando la ciudad.

El rey montó a caballo y le siguieron sus hombres, y también Abraima, esposa de Marsil, due llevada cautiva a Francia. El rey no quería causarle daño alguno.

Emprendieron la marcha con el corazón alegre por haber obtenido tan señalado triunfo sobre los infieles.

Por el camino alcanzaron otra gran victoria: ocuparon Narbona. Luego prosiguieron su avance hasta llegar a Burdeos, la ciudad famosa. Sobre el altar del barón San Severino depositó Carlos el olifante de Roldán, cuajado de oro y monedas. Todavía puede verse hoy. Luego, el ejército con su emperador pasó el Gironda en los bajeles que allí encontró. Desembarcaron en Blaye y de allí sin detenerse cabalgaron hasta Aquisgrán.


Tan pronto como llegó a su palacio Carlos ordenó que acudieran a su presencia los jueces de Baviera, Sajonia y Lorena. También hizo acudir a los jueces alemanes, borgoñeses, poitevinos, normandos y bretones. 

Entonces se preparó el juicio de Ganelón, el infame traidor, por cuya culpa tantos hombres habían muerto. 

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