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sábado, 15 de julio de 2017

La Canción de Roland (30/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión


30.- La muerte de Alda


El emperador Carlos había llegado de España después de su gran victoria sobre Marsil y Baligán. Estaba en Aquisgran, la mejor ciudad de Francia. Subió a su palacio y entró en el salón del trono. Poco después acudió Alda, la prometida de Roldán y hermana de Oliveros. 

Alda era una hermosa doncella, pero estaba pálida y angustiada cuando le preguntó al emperador con voz quebrada:

-¿Dónde está Roldán, vuestro paladin, con quien tenía que casarme? ¿Y mi hermano Oliveros? ¿Qué se ha hecho de tantos nobles barones? Decidme señor, pues he oído cosas horribles pero quiero saber la verdad por vos mismo. Yo amaba a Roldán y debía ser su esposa. ¿Dónde está, señor?

El emperador no podía contener su emoción y sus lágrimas al oir las desgarradoras preguntas de Alda, la buena doncella de Francia. Permaneció unos instantes silencioso para poder escoger las palabras más adecuadas. Lloró y se mesó la barba antes de hablar. 

Y así dijo:

-Querída Alda, no sé que decirte. No sabes cuánto es mi dolor por lo sucedido. Roldán y tu hermano han muerto por la gloria de Francia, para que viva nuestro país. Tu pena es grande, lo sé. Ha muerto tu prometido pero yo puedo darte otro: mi hijo Ludovico. Él será mi heredero. Nada más puedo hacer por la prometida de Roldán. 

Y Alda respondió sollozando:

-Me extraña vuestra respuesta. ¿Cómo podéis consolarme dándome otro prometido aunque sea vuestro hijo? A Dios no le place esto. Fui la novia de Roldán y no puedo ser de otro. Ta no puedo vivir si Roldán a muerto. Perdonadme, señor, pero no podría aceptar a vuestro hijo. 

La infeliz doncella después de pronunciar estas palabras perdió el color y cayó exánime a los pies de Carlomagno.
Murió en el acto.
Que Dios la perdone.

Era un gran amor el suyo y sólo deseaba reunirse con Roldán en el paraíso. 

Por unos momentos Carlos creyó que la joven se había desmayado y tuvo lástima de ella. La tomó de las muñecas y quiso levantarla del suelo, pero observó con estupor que la cabeza le caía sobre los hombros.
Entonces comprendió que estaba muerta. 

Llamó inmediatamente a cuatro condesas para que la condujeran a un monasterio de monjas. Allí fue velado su cadáber toda la noche hasta que llegó el alba.
Fue enterrada con gran pompa por ser quien era y el rey le concedió muchos honores. 

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