lunes, 14 de agosto de 2017

La Canción de Roland (31/34)

 2.- La Embajada
3.- Ganelón y Blancandrín
4.-La traición de Ganelón
5.-El sueño de Carlomagno
6.-Roldán y los Doce Pares
7.-Marsil y sus aliados
8.-Roldán y Oliveros
9.- El Combate
10.- Los últimos combates
11.- Mueren los capitanes de Roldán
12.- El Olifante de Roldán
13.- La muerte de Oliveros
14.- La derrota de los infieles
15.- La peña de Roldán
16.- La muerte de Roldán
17.- La victoria de Carlomagno
18.- La visión


31.- El juicio de Ganelón



El emperador estaba en Aquisgrán, deseoso de castigar al traidor Ganelón por cuya culpa tanto hombres habían muerto.

Ganelón estaba cargado de cadenas ante el palacio del rey. Los siervos le amarraron a un poste, le oprimieron las muñecas con correas de piel de ciervo y luego le azotaron con varas y bastones.

Era muy merecido el suplicio que se le infligía y Ganelón soportó los dolores en espera de su sentencia.

La antigua gesta cuenta que de toda Francia acudieron vasallos para presenciar el juicio contra el traidor Ganelón. Era día festivo y muchos dicen que coincidía con el del barón San Silvestre.

Reunidos jueces y vasallos el emperador ordenó que Ganelón fuera conducido a su presencia.

Una vez ante él, habló el emperador en los siguientes términos:

-Barones y jueces, estáis aquí para juzgas a Ganelón, según la ley de Francia. He aquí mi acusación: fue conmigo a España con el ejército, pactó con Mársil la entrega de mis huestes. Por culpa suya murieron Roldán, Oliveros, los doce pares y veinte mil franceses. Ha cometido acto de traición.

Y Ganelón respondió sin temer la cólera de Carlos:

-No os ocultaré nada, señor. Es cierto que odiaba a Roldán que me había perjudicado. Es lógico, pues, que buscara su ruina y muerte de la forma que fuese, pero no traicioné ni a Francia ni al emperador.

Entonces los franceses dijeron:

-Celebremos consejo y juzguemos todas estas cosas que aquí se han dicho.
Ganelón se mantenía de pie ante el rey. No le habían hecho mella las acusaciones de traición ni los tormentos.

Mantenía el cuerpo erguido y el rostro impasible. A juzgar por esto podía muy bien pasar por un hombre de bien acusado injustamente.

La mirada de Ganelón se detuvo en cada uno de los jueces. Miró también a treinta de sus parientes que presenciaban el juicio, luego exclamó con voz alta y potente:



-¡Escuchadme, señores barones, por amor de Dios! Es verdad que fui con el emperador a la guerra de España. Estuve allí y serví siempre con lealtad a mi señor. Pero mi sobrino Roldán me odiaba y no perdía ocasión para demostrármelo. Él fue quien me propuso para la embajada cerca del rey Marsil de la cual no podía escapar con vida. Era una ocasión arriesgada y si me salvé fue gracias a mi astucia. Yo había retado a Roldán y a Oliveros antes de partir a Zaragoza. Cómo veis, me vengué del odio de Roldán, pero no soy un traidor.

Y los jueces respondieron:

-Se tendrá en cuenta la defensa de Ganelón.

El proceso de Ganelón había ya empezado. Había en el salón treinta de sus parientes pendientes de su suerte, entre ellos uno de gran prestigio al que todos escuchaban. Se llamaba Pinabel y era dueño del castillo de Sorence. Era un hombre prudente y sabía hablar bien. No se arredraba ante el peligro cuando de pelear se trataba.

Ganelón tenía miedo a pesar de todo y suplicó a Pinabel con voz desgarrada:

-¡Ayúdame, amigo Pinabel! ¡Aparta de mí la muerte y el deshonor!

Y Pinabel, que era muy apegado a la familia, contestó con voz segura:

-No os precuoéis, Ganelón, defenderé vuestra inocencia con la punta de mi espada. Nadie podrá acusaros porque yo salgo fiador de vos.

Ganelón se arrodilló a sus plantas en muda acción de gracias. Se veía salvado.

Entonces entraron en el consejo los bávaros y los sajones, y también los poitevinos, normandos y franceses. También estaban allí un gran número de alemanes y teutones. Las palabras de Pinabel en defensa de Ganelón les habían impresionado a todos.

Uno de ellos se levantó a hablar y dijo así:

-Más valdría dejar las cosas como están. Ganelón ha sido ya suficientemente castigado.

Otro dijo en apoyo a las palabras de su compañero:

-Dejemos el proceso y roguemos al emperador que perdone por esta vez a Ganelón, pues servirá al rey con lealtad y amor como siempre lo hizo hasta que Roldán le exasperó. Además, Roldán ha muerto y nada que se haga podrá devolverle la vida. Por otra parte todos hemos oído cómo Pinabel defiende a Ganelón. Loco sería quien luchara contra él.

Todos aprobaron lo dicho, excepto Terrín, hermano de Godofredo.

Los jueces se dirigieron a Carlomagno y le dijeron con grande muestra de respeto:

-Os rogamos, señor, que libertéis a Ganelón. De ahora en adelante será un fiel vasallo. No el oro ni riqueza alguna nos pueden devolver ya a Roldán, que viva, pues, Ganelón, porque es un ilustre vasallo.

Pero Carlos, el rey, exclamó enfurecido:

-¡Todos sois unos felones! ¡Cuán pronto habéis olvidado a Roldán y la infame traición de este hombre! 

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